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Entrega número 48
Postludio. José Mª Yturralde
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Ars Citerior

Salvador Victoria en el recuerdo (1928-1994)

 Salvador Victoria en el recuerdo (1928-1994)

 

 

En 2014 se han cumplido 20 años del fallecimiento de Salvador Victoria. Durante este año se han celebrado charlas y exposiciones para recordar al pintor aragonés en el Museo Pablo Serrano de Zaragoza, en el Espacio-Arte El Dorado en Quintanar de la Orden, en la Galería Edurne en El Escorial y en el propio Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.

Por cuestiones de programación ha quedado pendiente la exposición “Trazos sensibles. Homenaje a Salvador Victoria” que organizada con los fondos de la Colección Ars Citerior, tendrá lugar en marzo de 2015 en el Museo Salvador Victoria.

Desde esta página web queremos tener un especial recuerdo hacia uno de los artistas líricos más relevantes de una generación que abrió nuevos caminos a la abstracción en nuestro país. Con este propósito reproducimos un extracto del texto del historiador Fernando Soria Heredia:

 

La Espiritualidad de la pintura de Salvador Victoria

Eugenio d´Ors, en Tres lecciones en el Museo del Prado, de introducción a la crítica de arte, se rebelaba y ridiculizaba los diversos procedimientos de crítica de arte originados en el siglo XIX, vigentes en su tiempo y no ajenos, aunque más soterrados algunos, en el amanecer de este tercer milenio. Se trataría, entre otros, del criterio biográfico, el historicista, el sociológico, el comparativo, el examen de los asuntos… Con todas las subdivisiones de cada uno es susceptible y de las combinaciones posibles que se pueden establecer entre ellas. Y nos recordaba –con palabras en las que Henri Bergson se refería a toda clase de obras, y que Eugenio d´Ors aplicaba a las creaciones artísticas- que “las mejores informaciones concernientes  a una obra no son dadas, después de todo, por la obra misma”. Algo que parece incuestionable.

 

Junio. 1967

 

Claro que a la obra de arte se ha transvasado, qué duda cabe, mucho del temperamento del pintor, con sus experiencias anímicas, en las que se integran elementos ambientales –históricos, sociológicos, culturales… también de formación técnica- que, por acción o reacción, por aceptación o rechazo, fueron configurando su personalidad artística  y marcaron de algún modo itinerario estético. Algo que consciente o inconscientemente tenemos en cuenta al situarnos ante ella; al contemplar, por ejemplo, una escultura maya o un fresco del renacimiento. Lo que no desvela el misterio profundo de sus valores, pero sí nos ayuda a su comprensión.

Y lo mismo si tratamos del asunto en cuanto condiciona- y sólo en ello- el desarrollo de la obra: no podemos mirar con la misma disposición de ánimo una crucifixión y un cuadro costumbrista. Aunque en este caso mejor cabría hablar de tema o contenidos, que pueden o no implicar anécdotas, figuración o abstracciones, y se funden con las formalidades que animan su espíritu interno. A la comprensión crítica –no digo simplemente perceptiva- de las intimidades de una obra de arte no se suele llegar mediante un ataque frontal, sino a través de un proceso de asedio.

Todo ello puede parecer una justificación anticipada por parte del que subscribe. Y así es.

Cuantos, con una mayor o menor intensidad, hemos tratado a Salvador Victoria, siempre hemos apreciado en él, quizá sobre todas las cosas, su bondad, su serena amabilidad. “Ha muerto un gran pintor y un hombre maravilloso”, comentaba la noticia Luis Caruncho y Álvaro Delgado. En el mismo sentido se expresaría Antonio Saura: “era una persona maravillosa, encantadora, de una gran bondad, un artista en el más amplio sentido de la palabra”. Y lo mismo Álvaro Espina: Ayer murió Salvador Victoria, un hombre bueno y justo; un pintor luminoso y puro”. Y el catedrático de arte de la Universidad de Zaragoza Gonzalo Borrás: “Era un gran artista y una magnifica persona”. Francisco Nieva disertando con gracejo sobre las muchas veces que las apariencias físicas y manifestaciones externas no se corresponden con el interior de las personas (en belleza moral, en bondad, en conocimientos…), comentaba: “Recuerdo el rostro amable de dos amigos perdidos recientemente, que se habían vuelto gente guapa por dentro y sus rasgos lo revelaban. Estos eran el pintor Salvador Victoria y el dramaturgo  Lauro Olmo. Siempre era gratificante encontrárselos”.

Victoria podría haberse aplicado a sí mismo el conocido verso con que Antonio Machado se definía en su conocido autorretrato: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Y aunque él no lo dijese, cualquiera de nosotros no dudaría en afirmarlo. Su presencia infundía sosiego, al mismo tiempo –y quizá también por ello- que transparentaba un caudal nada desdeñable de energía interior.

Ahora bien, “pintura y vida han estado estrechamente unidos en Victoria. La coherencia de su obra fue paralela a la de su biografía” –como escribiría Antonio Bonet Correa-. José Manuel caballero Bonald comentaría a raíz de su muerte: “Era un amigo fiel, afable e inteligente, un artista preocupado por el arte y la poesía, y eso se reflejaba en su pintura”. O bien, con expresión rotunda, Lucio Muñoz, en la emocionada semblanza que hizo de Victoria en el funeral celebrado en septiembre de 1994 a raíz de su muerte: “Su persona y su pintura son una misma cosa”. Por eso nos recuerdan su bondad y su serena amabilidad por esa adecuación entre persona y obra.

Esa serenidad y bondad en su obra empezará ya a manifestarse en París casi al inicio de su carrera. El dramatismo de trazos propio del informalismo expresionista en que se inicia entonces, aparte de lo que tiene de concesión al ambiente por parte de Victoria, significaba un catártico gesto de inconformismo y rebeldía juvenil al raquítico ambiente artístico que había respirado España. “Era el momento culminante del tachismo, que es una especie de informalismo matérico sin precisar mucho la materia o el gesto, luego sí fue definiéndose. Yo me incorporo a ese movimiento por intuir la vanguardia”- .Explicaría en una conversación con Jesús Cámara-. Seria de algún modo más explicito el propio Salvador  Victoria en un escrito suyo de junio de 1990: “Creo que el mimetismo de los sesenta tuvo poco que ver con un mimetismo más reciente. En efecto, en esa época, el mimetismo de la vanguardia significaba una rebelión en contra de una serie de ideas y conceptos académicos más o menos admitidos y no tenía nada que ver con la imposición de una estética a la moda, al menos en España”.

Pero pronto suaviza la exasperación del gesto con ciertas veladuras y destellos lumínicos, con una mayor atención al color. Quizá surgiendo de su inconsciente reflejo del luminismo valenciano que, incluso a su pesar, le envolvió durante los años de su formación en la Academia de Bellas Artes de San Carlos. Ya lo hizo notar Simón de Marcán Fiz: “ si bien es palpable que en estas pinturas se explora lo matérico, y lo gestual goza de un gran protagonismo, pronto se aprecia, sin embargo, que no destilan el dramatismo o tensión habituales”. Debido a ese “irrefrenable y envolvente lirismo” del cual piensa Marchán Fiz que ya entonces se establece como el “hilo conductor a través del cual se desliza su poética”, y que considera –como también Jesús Cámara- influido al menos en parte por la relación que por entonces establece con diversos miembros integrados en la llamada abstracción lírica de la Escuela de París (Pierre Soulages, Jean Bazaine, Hans Hartung e incluso el mismo Gérard Schneider).

(…..) Lirismo que por ascesis creativa le llevará cada vez más, según vaya evolucionando en su obra, a una acentuación de la espiritualidad subyacente en los elementos más básicos de la pintura: en la línea y el color.”Sentí la abstracción como un camino de pureza dentro de la plástica –le diría a Jesús Cámara- y no sé si fue una postura excesivamente fuerte, pero la he mantenido”.

Pues la abstracción lírica, con su atención que podríamos llamar virtuosista a las tonalidades del color y a la pureza de las líneas, y su musicalidad, supone todo ascético y laborioso proceso de espiritualización del cuadro. Así se puede percibir en la pintura de Victoria, que al mismo ritmo en el que progresa en su abstraccionismo lírico, se da en su obra un acrecentamiento de contenidos espirituales. Una espiritualidad que no se encuentra sujeta a los imperativos de la representación de un asunto o unas imágenes, y fluye independiente a través de los puros elementos plásticos, permitiendo una mayor libertad perceptiva y participativa por parte del espectador.(…)

Salvador Victoria, en la pintura la luz puede simularse como de procedencia exterior al cuadro, o brotando desde un punto focal que se encuentra en el interior del cuadro, o brotando desde un punto focal que se encuentra en el interior del cuadro; o puede constituirse entrañándose en el color mismo: como color luz.(…)

Victoria no es un “goloso” del color, no busca sus resonancias sensuales. Una vez superado el primer ímpetu expresionista, tampoco su color es agresivo sino suave, sedante, contenido y cálido, en algún modo desmaterializado; y luego también de un cierto ascetismo que le llevaba a composiciones monocromas de gama variada rica en tonalidades.(…)

En ocasiones pone Victoria en esos orbes un contenido dramatismo, como si no hubiese finalizado su proceso de formación, conservando huellas todavía de ese originario caos de donde surgiera, de la primitiva confusión. Aunque ésta no es tenebrosa, sino llena de toda la brillantez que le proporciona su potencialidad germinativa de luz. El orden parece no haber llegado a completarse, o estar a punto de quebrarse. Porque quizá también se trate en medio de todo, de unos orbes que no son inmunes a la descomposición que les rodea, o que de su mismo ser se deriva. Resurgiendo acaso de los fondos del alma del artista los ecos de aquel su viejo informalismo, como una protesta a situaciones que no acepta.(…)

 

Un-Sun. 1992

 

Aunque sin perder nunca la compostura de tono ni los modales amables de su conducta de artista, la pulcritud de su estilo ni el impulso lírico que animó siempre sus creaciones. Y, de todos modos, en cualquier caso, en una tensión trascendente hacia un más allá en el antes o en el después.

Sin olvidarnos de esos círculos perfectos, solos en el cuadro o armónicamente conjugados con las esferas, o con otros círculos que se combinan dentro de un círculo mayor de rica gama melódica como gozosas epifanías.

En la tradición pitagórica-platónica y en el simbolismo universal el círculo, que contiene en sí y supera la perfección de todas las formas geométricas esenciales (la línea, el triángulo, el cuadrado) y en su redondez no tiene principio ni fin, representa la eternidad y la divinidad.(…)

Lo dijo quien más íntimamente había tratado a la persona y mejor conocía las claves secretas de su inspiración, su mujer Marie Claire Decay Cartier: “su pintura era poética, lírica, con un toque de religiosidad en su sentido más amplio”.

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