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Entrega número 48
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Darío Villalba. Luz de pasión

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Darío Villalba. Luz de pasión

 

MUSEO LUIS GONZÁLEZ ROBLES - UNIVERSIDAD DE ALCALÁ

RECTORADO DE LA UNIVERSIDAD DE ALCALÁ

COLEGIO DE SAN ILDEFONSO

Plaza de San Diego, s/n

Alcalá de Henares, Madrid

Fechas de exposición:

Del 14 de octubre de 2015 al 15 de enero de 2016

 

dario villalba. luz de pasion

 

Luz de pasión

Arturo Sagastibelza Ruiz

 

            A estas alturas de la carrera artística de Darío Villalba, tras más de cincuenta años de incesante actividad creadora, cuando ha celebrado ya centenares de exposiciones en numerosos museos y galerías de medio mundo, entre ellas la gran retrospectiva organizada en 2007 por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid; cuando ha participado en las más prestigiosas bienales, como las de Venecia o São Paulo, donde obtuvo el Premio Internacional de Pintura en 1973; cuando la crítica nacional e internacional se ha hecho eco de su obra, situándola en el lugar principal que merece, y se encuentra representado en una larga lista de museos y colecciones…, venir a insistir en la trascendental importancia de su original creación dentro del panorama internacional del arte contemporáneo parece innecesario y reiterativo: sólo alguien realmente ajeno al mundo del arte puede desconocer hoy la excepcional aportación de su ya larga trayectoria creativa. Lo mismo podemos decir del Darío Villalba pionero en el uso de la fotografía en la pintura, pionero no sólo en el ámbito nacional, lo que vendría a tener menor mérito, sino en el internacional junto a muy pocos compañeros de aventura. Todo esto ha sido sobradamente dicho y repetido, conocido y reconocido en la ya muy extensa bibliografía sobre el artista, por voces mucho más sabias y documentadas que la mía. A ellas me remito. Porque no es desde esa perspectiva historiográfica desde la que me gustaría abordar la obra de Darío Villalba ahora que, inmerecidamente, se me ha invitado a hacerlo. Es otro mi interés por el arte en general y por su obra en particular.

            Quizá deba empezar confesando –puedo hacerlo ahora que Darío Villalba sabe la profunda admiración que siento por su obra- que llegué relativamente tarde a ella, a la comprensión y al consiguiente aprecio quiero decir. Algo que no acababa de entender entonces provocaba en mí, si no rechazo, al menos desconcierto; ahora me doy cuenta que un enriquecedor desconcierto. Pienso que debía ser su insólita combinación de pintura, fotografía y “aparente” gestualidad. Recuerdo que me costaba aceptar, en aquella época juvenil de descubrimiento apasionado del arte, una propuesta, además, tan clara y evidente, tan intensa y dolorosamente emotiva, tan austera en su plasticidad. En fin, que ciertos temas pudieran ser tratados de una manera tan poco elíptica. Señalo esta cuestión personal, que no tendría por qué interesar a nadie, porque creo que en ella aparecen ya, y hasta se dilucidan sin querer, las claves de cierta dificultad y exigencia de su obra, una obra que está, como todos sabemos, en las antípodas de lo que de ligero y amable se puede buscar en el arte.

            He llegado a pensar que para abordar y disfrutar la obra de Villalba con plenitud hace falta cierta fortaleza o coraje, cierta predisposición anímica, cierta actitud filosófica, cierto “sentimiento trágico de la vida” –como diría Unamuno- que te da la edad, y acrecientan las inevitables y dolorosas, quizá también las no dolorosas, experiencias vividas con ella. Si toda obra de arte es un espejo en que mirarse, no podremos descubrir en ellas nada que no hayamos sentido o al menos vislumbrado antes en nuestro interior. Es entonces cuando el reencuentro que la obra de arte nos plantea nos reconforta. Nos reencontramos en otro. Disfrutamos y padecemos con otro. Decía René Descartes en su Tratado de las pasiones del alma que “encontramos naturalmente placer en sentirnos conmovidos por toda clase de pasiones, incluso por la tristeza y por el odio, cuando estas pasiones no son producidas sino por las extrañas aventuras que se representan en un teatro, o por otros temas semejantes, que no pudiendo dañarnos en absoluto, parecen acariciar nuestra alma al tocarla”. Efectivamente, la abrumadora obra de Darío Villalba nos estremece en lo más profundo de nuestro ser, pero al hacerlo también opera en nosotros una catarsis que nos alivia, nos consuela y hasta nos alienta, siempre que queramos, claro, que estemos dispuestos, y seamos capaces de entrar en comunión emocional y espiritual con ella.

            Ya sabemos que las buenas intenciones de un artista no tienen por qué desembocar necesariamente en una obra de arte, al igual que una obra de arte no tiene por qué provocar o generar en nosotros mayor bondad. No estoy muy convencido de que el arte nos haga mejores. Mejores como personas, quiero decir. Sí, creo, más persona, porque ilumina nuestro interior y nos hace enfrentarnos a nosotros mismos. El encuentro con una obra de arte es siempre un enriquecedor -y hasta perturbador, como en el caso de Darío Villalba- replanteamiento de nuestra humana condición.

            Si, como apunté, no me voy a ocupar de la importancia historiográfica del uso de la fotografía en la pintura y de la pionera aportación de Darío Villalba en este sentido, sí quiero detenerme en la gran trascendencia que este hecho debió tener para la gestación del artista que ahora admiramos. Hasta que aparece la fotografía, como procedimiento, en su obra, toda la obra anterior, “primitiva”, manifiesta una denodada lucha con los medios técnicos, con los temas, con las formas…, que si bien señala ya caminos, actitudes e intereses que se consolidarán después en su obra madura, denotan en ese momento una insatisfacción manifiesta en su complejidad, en la no exacta adecuación de materiales, intenciones y medios. Constatan una ardua, costosa y dolorosa búsqueda e investigación. O sea, la lucha de todo joven artista hasta alcanzar el dominio pleno: la conjunción perfecta de idea y materia, diseño y ejecución.

            Ese encuentro con la fotografía, mediados los años sesenta, esa “iluminación”, en el caso de Darío Villalba debió ser fortuito y arrollador. El día que descubrió que la fotografía, pura y simplemente, era el soporte idóneo para plasmar las inquietudes que acechan su alma debió ser plenamente consciente de haber encontrado el procedimiento que afanosamente andaba buscando, de haber alcanzado el equilibrio de medios e intenciones que anhelaba. Ante sus ojos se abría un campo de posibilidades que proyectó su obra al futuro, abriendo las puertas a todo su quehacer posterior. Ese día tuvo eclosión el verdadero universo artístico de Darío Villalba.

            No por ello podemos decir que la obra de Villalba se mueve en un terreno de nadie, o sea que ni es pintura ni es fotografía. El propio artista ha confesado sin reparos que sus conocimientos sobre técnica fotográfica son muy rudimentarios y que su habilidad está en saber buscar y “utilizar” las imágenes. Que la imagen en sí no es más que un documento primigenio, esos Documentos Básicos que son la génesis de su obra mayor.  Que, ante todo, se siente decidida y plenamente PINTOR. Asume así uno de los logros del arte del siglo XX: se puede pintar con cualquier cosa. Una de ellas puede ser la fotografía, desde luego. Pero puede también prescindir de pintura y fotografía -lo ha demostrado en múltiples ocasiones- para crear utilizando los más diversos materiales: arena, piedras, chatarra, cristal, cemento, lana, serrín, ramas de brezo, esparto…, o cualesquiera otros –muchos de ellos de deshecho- que encontramos en sus obras matéricas más recientes. Sí, Darío Villalba es indudablemente pintor, aunque su fotografía esté frecuentemente maculada por la pintura y su pintura sea muy a menudo origen y tema de su fotografía. Y es que este tipo de oposiciones, pintura-fotografía, abstracción-figuración, han perdido sentido gracias a aportaciones como la suya.

            Apuntaba antes que la gestualidad presente en las obras de Villalba me parece por lo general “aparente”. Darío Villalba pasa muchas veces por ser un pintor expresionista y arrebatado. No discuto que lo sea en los contenidos, pero no tanto en los procedimientos y tampoco mayormente en el resultado final. Por un lado, la fotografía para -en el sentido de detener- un instante, y su elección ha de ser muy reflexiva, enfriando a la postre el proceso de trabajo; por otro, la gestualidad pictórica presente en muchas de sus obras es congelada, porque el artista suele actuar sobre pequeños formatos que posteriormente selecciona y amplia, retocando a veces con primoroso cuidado esos trazos cuya improvisación gestual queda así contradicha, más aún si tenemos en cuenta el desarrollo de su trabajo en series y variantes en las que esos “gestos” vuelven a ser reelaborados; en el mismo sentido podemos considerar su uso frecuente, y mantenido a lo largo de su trabajo, de la geometría como forma de poner orden, acotar, enfriar o subrayar tensiones, de colocar un muro de contención a su alma desbordada; y, por si fuera poco, sus pinturas matéricas, que aparentan siempre ser ajenas a la mano ejecutora del hombre, o sus piezas residuales y pinturas aplicadas con agua, en las que el artista acepta el azar, o se “esconde” tras la presión del líquido que, en parte incontrolable, extiende la pintura. En contra de lo que en una primera mirada pueda parecer, creo que no es Villalba un pintor amigo de improvisaciones o muy dado a desbordamientos gestuales. La génesis de su obra, absolutamente actual y moderna, es mucho más serena y reflexiva de lo que habitualmente se piensa. Simplificando mucho podríamos decir que lo que tiene de romántico en el tema lo tiene de clásico en la ejecución.

            Pero, ¿qué pinta Darío Villalba?

            Darío Villalba pinta a lo grande, o sea lo grande, lo importante, que es justamente lo que se espera de un verdadero artista. La obra de Villalba es un canto elegíaco a la vida, a la vida vivida con la máxima intensidad, a la vida en la que te dejas la piel, a la vida que te mancha y te deja dolorido, agotado y herido. La actitud, la disposición de ánimo con que aborda su obra, y yo diría que su propia vida, está muy lejos de ser esa comedida sensatez, ese prudente equilibrio, esa medianía de espíritu, desde la que nada grande y verdaderamente importante se puede hacer. No, la obra de Darío Villalba es intensamente perturbadora, es desbordante y “excesiva”. Se mueve como un péndulo entre lo más profundo del dolor y la más alta esperanza. Si es hija del sufrimiento, de la empatía con los demás, también es madre del consuelo. Si tiene algo agónico, un estar al límite, una premonición, un drama, celebra a la vez la pluralidad misteriosa, la belleza inagotable y gozosa de la vida.

            Pero por encima de todo es una obra “apasionada”, y no sólo por su vehemencia anímica: todas las acepciones de la palabra pasión están presentes, siempre, en su espíritu. Si atendemos, por ejemplo, a una de ellas, la de “pasión” como pasión amorosa, intensa y carnalmente humana, el amor-pasión, siempre insaciable e insatisfecho, en el que uno pierde siempre y se pierde, Darío Villalba ha celebrado su júbilo, su goce vital, pero también es verdad que ha mostrado muchas veces su lado menos amable, esos “enigmas del deseo” –título de una de sus recientes exposiciones- condenado a la insatisfacción permanente: la carne se vuelve frío, confuso y mutilado mármol, o la belleza pasajera y putrescible del cuerpo juvenil se enfrenta abruptamente a una momia, la pasión queda a veces reducida a la radiografía aséptica de un beso, o a la sombra fugaz de una transacción poco más que comercial, en la que, más allá de calificativos morales, lo que destaca es el deseo de “arañar” nuestra profunda soledad, el “perdón” que merece la simple inocencia de nuestra hermosa pero fútil, insustancial e insignificante materia. Son los fuegos fatuos de nuestra condición mortal: las metáforas que utiliza Darío Villalba para constatar nuestra imposibilidad de alcanzar la plenitud, la plenitud de una unión imperecedera, dichosa, pura y limpia.

            Si otra de las acepciones de la palabra pasión es la acción de padecer, los personajes que pueblan la obra de Darío Villalba la cumplen a la perfección. Pero además son ejemplo de una pasión, un padecer, que se ejerce con serena grandeza. El Jones, el Místico, la Demente, la Espera, la Oración, el Niño Metopa, el Enfermo, y tantos otros, son símbolos de la debilidad y la soledad humana ejemplificadas en el débil o en el enfermo mental –o cualquier otro tipo de enfermedad-, en la indefensión del niño y del anciano, en la soledad del borracho, del vagabundo, o en la marginación del preso y del proscrito. Pasión ejercida con serena grandeza, sí, porque las imágenes fotográficas que elige Villalba son, no sólo como tales congeladas, sino además imágenes de figuras en reposo, detenidas. Sus iconos más arquetípicos son efigies quietas y serenas, ajenas a la acción –otra de las acepciones del diccionario para la palabra pasión- porque su acción es interior, su acción no es otra que la de padecer. Sus personajes sufren, padecen, la imposibilidad de comunicarse. Están atrapados en si mismos. Eso es lo que genera la angustia de sus imágenes. No tanto la muerte o su premonición, muy escasamente presente en su obra, sino la soledad y el aislamiento a que los somete, encerrados, encapsulados, desvanecidos o velados. O, en el polo opuesto, su ausencia. Inquietante y reveladora ausencia del ser humano subrayada en tantas obras por esos objetos (camas, sábanas, material sanitario…) que, reclamando su  comparecencia, devienen desoladora y conmovedoramente humanos; o en esas bellísimas y sorprendentes obras plenas de materia en las que sólo quedan los restos, más o menos humanizados, de nuestra batalla vital, o, acaso, de un silente mundo -anterior o posterior- ajeno e indiferente a ella.

            Pero si no parece que los personajes de Darío Villalba puedan rebelarse a su suerte, si aceptan su situación con resignación y la asumen con dignidad, no por ello su serenidad trágica, su pathos, o esa beatitud ascética y hasta mística que les impregna en ocasiones, puede ser tomada como una derrota. Aspira a ser, en el peor de los casos, no el testimonio de una rendición sino la redención en y por su “fracaso”. Digámoslo una vez más –porque se ha señalado en muchas ocasiones-, la obra de Villalba es profundamente religiosa, en el sentido más amplio de la palabra, claro. Si Darío Villalba, que se confiesa católico, nos hace enfrentarnos a nuestros “infiernos” es con la esperanza de una salvación prometida. No es por tanto de extrañar que haya manifestado en más de una ocasión su deseo de llegar a pintar un Cristo crucificado. Pero me pregunto, y le pregunto, qué otra cosa es ese Niño Metopa, con los brazos abiertos pidiendo nuestro amparo y amparándonos. El Místico, el Jones, por ejemplo, ¿no son ecce homo? Hemos llegado a la más alta pasión, la Pasión con mayúscula. En el fondo, y hasta en la superficie, los personajes de Darío Villalba –me doy cuenta ahora- forman un peculiar vía crucis, que es también el nuestro, el doloroso vía crucis de nuestra propia vida.

            Yo creo que el corazón de Darío Villalba no clama justicia –vamos, no más que el de cualquiera de nosotros-. Clama redención, misericordia, caridad -palabra que, por cierto, empobrecida y casi avergonzados escondemos bajo la pomposa y laica solidaridad-. Darío Villalba quiere llegar siempre al fondo, a lo más profundo. Nada social y políticamente circunstancial anima su obra, aunque la época concreta en que ésta se inicia facilite una posible lectura con esa intención, una intención que sí estaba claramente presente en alguno de sus compañeros de generación. No recuerdo nada coyuntural en su obra, apenas ninguna alusión a cultura, época, geografía o religión concreta. Darío Villalba sabe que el arte aborda los grandes y oscuros interrogantes de la existencia e indaga, con una u otra actitud, en la búsqueda de una explicación, de una respuesta. Y no me refiero a los enigmas del conocimiento meramente científico, por importantes que sean, sino a otros, más trascendentes. Sabe que los verdaderos problemas del ser humano son otros, en todo momento y condición. Que lo que nos desasosiega cada día es no encontrar la razón o sentido último de nuestra existencia mortal. Y por ello su obra se expande y se eleva, universal, como todo gran arte, en pos de una respuesta. Aunque quizá la meta de su búsqueda -una búsqueda noble y necesaria, una búsqueda que nos enriquece con el testimonio de su obra genial- sea humanamente imposible de alcanzar. No nos engañemos, seamos humildes. “La única sabiduría que podemos adquirir es la sabiduría de la humildad: la humildad es interminable”, decía T. S. Eliot. No nos engañemos, seamos humildes: esos seres desarrapados y dolientes somos nosotros. Somos nosotros los que andamos perdidos. Y la obra de Darío Villalba –¡cuánta humildad hay en ella!- celebra esa comunión espiritual en el dolor y en la esperanza, por encima de épocas, credos y religiones. Esa fraternidad humana que hace de nuestro dolor uno, y nuestra aspiración común. Estoy pensando en los versos con que da comienzo Walt Whitman su Canto a mí mismo: “Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que digo ahora de mí, lo digo de ti / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”. 

            Si al inicio de estas torpes líneas confesé cierta desazón juvenil en mis primeros encuentros con el mundo de Darío Villalba, es de justeza que en este momento declare mi inmensa gratitud por esa obra que con tanto esfuerzo y pasión nos ha legado a todos. Una obra que ilumina nuestro camino con su intensa y convulsa belleza, como esas ráfagas de luz atraviesan e iluminan a sus personajes. Una obra que, iluminando las dudas que nos acompañarán por siempre como hombres que saben cierto su final, nos hace sufrir y gozar a la vez, sufrir y gozar con valentía, intensamente, hasta ese día, más allá de la muerte, en que seamos ceniza, polvo, pero eso sí, polvo apasionado, o como dijera Quevedo, “polvo enamorado”.

 

 Agradecemos a Arturo Sagastibelza la autorización para reproducir el presente texto.

 

 

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