Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Ars Citerior

Entrega 017. Damián Flores. Astillero de góndolas

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

17ª entrega

 

 

 

 

 

Astillero de góndolas.

Damián Flores. 2002.

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(imagen gentileza del artista)

 

En mi último viaje por Italia buscaba objetos dignos de un buen anticuario. Tras haber dejado atrás la ciudad de Génova, oyendo las primeras notas de la ópera Turandot decidí dirigirme hacia la ciudad de Lucca, cuna de mi admirado Giacomo Puccini. De camino hice una parada en Cremona, con la intención de visitar el museo Stradivariano. Paseando por una de sus calles, me llamó la atención un pequeño taller con una placa en su puerta que decía: Borja Depisa. Luthier. Nada más traspasar el umbral, entablé conversación con un joven artesano, que se me dirigió en castellano, lengua que conocía bien al descender de españoles. Me relató que, a finales del siglo XIX, su abuelo paterno decidió abandonar su Palencia natal y viajar para hacer fortuna, instalándose en primer lugar en Venecia y más tarde en Cremona, con el fin de que su hijo aprendiera el oficio de luthier.

Mi interés por los instrumentos que me mostraba el dueño Borja Depisa fue tal que, sin darme cuenta, llegó la hora del cierre del establecimiento y tuvimos que despedirnos, no sin antes haberle anotado mis señas, por si un día quería conocer la comarca de la Noguera.

Trascurridos unos pocos meses, cuando en esta tierra florece la flor Iris de Pascua, recibí una carta en la que Borja proponía  enseñarme una pieza que tal vez fuera de mi interés.

Una semana después se presentó en mi casa, a los pies de la Sierra de Comiols. Nada más llegar sacó de una pequeña maleta un instrumento de cuerda envuelto en paños de algodón. Se trataba de un magnífico violín, con aspecto de haber sido muy utilizado, pero en un estado perfecto. Sin mediar más palabras me planteó, su venta. Al observarlo detenidamente, comprobé su antigüedad y me fijé en una inscripción al dorso que decía: <Arcángelo Corelli. Roma 1707>. Ante mi estupefacción, el luthier me aseguró que la procedencia era fiable y que me narraría todas las vicisitudes por las que había pasado el violín hasta llegar a sus manos, según le había contado su padre.

El instrumento había sido fabricado en Cremona por encargo de un miembro de una de las familias más importantes de la provincia de Ravenna. Era el padre del gran compositor Arcángelo Corelli, que quiso regalárselo a su hijo, al ser éste nombrado miembro de la Academia Filarmónica de Bolonia en 1670. Con este instrumento, Corelli viajaría a Roma, donde llegó a ser primer violinista y director de conciertos del Palacio de la Cancillería, actividad que alternó con la de maestro, dando clases a jóvenes músicos procedentes de todas las zonas de Italia. Entre ellos a Francesco Geminiani, de Lucca. Durante los diez años que el alumno Geminiani pasó en la Ciudad Santa, se dedicó en cuerpo y alma al estudio musical, bajo la dirección de maestros como Corelli y Scarlatti, y se inició en el coleccionismo de pintura. Su nueva pasión hizo que comprase un grabado de Durero, fechado en 1501 y  titulado La gran fortuna, nombre paradójico para el posterior devenir del músico. Al cumplir los veinte años, Geminiani decidió volver a Lucca llevando en su equipaje dos joyas: la obra de Durero y un regalo de  Corelli en reconocimiento a sus brillantes dotes, el violín que en su día el maestro recibió de su padre. En los años siguientes, Geminiani formó parte de las orquestas de su ciudad y de Nápoles. Sus éxitos como virtuoso le permitían dedicar su tiempo libre a viajar, a admirar y  adquirir pintura. Casi sin darse cuenta se convirtió en un gran coleccionista, comprando más de cien obras al año.

A los veintisiete años de edad, decidió trasladarse a Inglaterra con la única compañía de su violín, dejando su pinacoteca a buen recaudo en su ciudad natal. Llegado a Londres fue apadrinado por Händel, también discípulo de su gran maestro Corelli. De este modo, fue introducido en los mejores círculos musicales. El estilo italiano, tan apreciado en la Inglaterra de esa época, hizo que Geminiani ganase rápidamente el favor de la aristocracia y de las grandes figuras de la Royal Court, llegando a ser invitado a tocar ante el rey Jorge I. En esta etapa, el afán comprador de obras de arte de Geminiani alcanzó tales cotas que tuvo que pedir varios préstamos. Tenía preferencia por pintores cómo Piranesi, Tiepolo o el francés Fragonard. Fue tal el ritmo de endeudamiento que llegó un momento en que no había fiador que le avalase. Comenzó a deber dinero a pintores y comerciantes, lo que le llevó finalmente a la cárcel, por incumplimiento de pago. Gracias a uno de sus alumnos, el conde de Essex, fue excarcelado y, exhortado a dejar Londres por una temporada, se trasladó a Dublín.

Pero Geminiani no tardó en volver a caer en su pasión. En uno de sus viajes a Venecia se enamoró de un lienzo de gran formato pintado en 1730 por el maestro Canaletto, El Bucintoro regresa al Molo el día de la Ascensión. Al no disponer de recursos, se vio obligado a pedir dinero a un viejo conocido, Antonio Vivaldi, quien no se lo negó pero a cambio le pidió el violín. Geminiani aceptó, venciendo su pasión pictórica a la musical.

Al morir Vivaldi en 1741, se perdió la pista del violín. Se cree que pasó a manos de un miembro de la familia Foscari, propietaria de astilleros dedicados a la fabricación y reparación de góndolas. El instrumento posiblemente quedó arrinconado en alguno de estos talleres durante más de doscientos años, hasta que el abuelo Borja, llegado a Venecia en 1890, adquirió varias propiedades, entre ellas el astillero de góndolas San Trovaso. Fue allí, durante una renovación de las naves industriales, donde fue encontrada la caja de madera que contenía el violín, envuelto en viejos paños de algodón.

El precio que me pidió me pareció justo, y quedamos en realiza la transacción tan pronto como me fuera posible reunir el dinero.

No tardé ni un año en decidir que mi casa no era el mejor destino para esa magnífica pieza, por lo que ahora el violín de Geminiani descansa en la Sala de Música de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, al lado de una viola, un violonchelo y otros tres violines, todos fabricados por Antonio Stradivari.

Un sentimiento consuela de mi pérdida: está en el lugar que le corresponde, en buena compañía y puede ser admirado por aquellos que pasean por las salas del palacio.

                                                                           Javier Martín.

 

 

Comentario

 

Una colección particular obedece al gusto del coleccionista e implica una manera de ver y no el azar y el capricho.”

 

                                       Fernando Zóbel.

Pintor y coleccionista.

 

 



 

 

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