Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Entrega 53. Damián Flores. El teatro di Marcelo

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

53ª entrega

 

 


El Teatro di Marcello
Damián Flores. 1998

 

 

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Mi nombre es Massimo, y nací, al igual que mi amo, en Bomarzo, el cuatro de julio de mil quinientos veintitrés. Soy, desde mi adolescencia, ayuda de cámara del condottiero Vicino Orsini, capitán de las tropas mercenarias, al servicio de la ciudad de Roma.

Los primeros años a las órdenes de mi muy noble capitán transcurrieron en el Palacio de los Orsini, edificio con una larga historia desde su inicio como teatro, promovido por Julio César y terminado por el emperador Augusto en el año 11 a.C. Las piedras de mármol travertino, que conforman el palacio, han sufrido una continua reforma, siendo adaptadas en cada momento a diferentes necesidades. Un incendio dañó parte de la construcción, antes de cumplir el primer siglo de existencia, siendo abandonada dos años más tarde, convertida en una triste cantera. Su destino fue servir a la reparación de otros edificios más valorados de la ciudad. Sólo su utilización como fortaleza, desde el siglo XIII, por los nobles Orsini, evitó su completa destrucción. Gracias a ellos, perduran, majestuosos, sus arcos de piedra oscura y los pasadizos de la cávea, que llegó a albergar, el día de su inauguración, a más de 20.000 espectadores, ávidos de escuchar los poemas de Horacio.

La muerte de mi ama y señora, Julia Farnese, hizo que el condiottero decidiera abandonar Roma y retirarse a su pueblo natal, dejando atrás fiestas y entresijos palaciegos. Así, a mis 25 años, me vi en el campo, pensando sólo en lo tediosos que iban a ser los años venideros. Pero no fue así, pues al poco de llegar a Bomarzo, mi amo pensó en realizar un gran jardín en las afueras del pueblo. Mandó llamar al afamado escultor, diseñador de jardines y arquitecto, Pirro Liborio, con el encargo de diseñar un espacio donde no hubiera lugar para la belleza y la armonía y donde la presencia del dolor y el desequilibrio fueran permanentes. Mi señora ama me puso a las órdenes del prestigioso arquitecto y, en pocos meses y gracias a las enseñanzas de mi nuevo jefe, me vi realizando esculturas nunca antes vistas, algunas surgidas de mi mente, como surgen los monstruos en los sueños. Para la entrada, se proyectaron dos efigies dedicadas a César Augusto y, en el interior, los diversos rincones se fueron llenando de esculturas escalofriantes, como la de un elefante de Aníbal, aplastando a un legionario hasta darle muerte, la del héroe Hércules, desgarrando con sus propias manos a Caco, o las de demonios como Orcas, encargado de castigar los juramentos rotos en el inframundo. Hasta un total de treinta esculturas llegaron a poblar nuestro jardín, creando multitud de rincones de soledad para dejar volar la imaginación.

La muerte de mi amo, acaecida en 1583, hizo que volviera a Roma y buscara a mi antiguo maestro de escultura para ponerme a sus órdenes. De este modo, vi la  finalización de la Basílica de San Pedro del Vaticano. Ahora, vivo mis últimos años paseando por mi ciudad adoptiva, volviendo a los lugares que antaño recorrí, cuando paso cerca de mi antigua residencia, oigo unas voces que susurran los antiguos poemas de Horacio, tan dados al elogio de la vida retirada.

Javier Martín

 

Comentario

“El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor.”

Quinto Horacio Flaco
Poeta

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