Entrega 40. José Luis Mazarío. Desierto de Tabernas

    Leyendo cuadros. Mirando historias. 

    40ª entrega

     

     

     

     

     

    Desierto de Tabernas

    José Luis Mazarío. 2009.

     

    Al abrigo de vientos y borrascas se encuentra el árido Desierto de Tabernas, plagado de ramblas y barrancos, al norte de la sierra almeriense de Alhamilla. Conforme nos adentramos en él, van apareciendo ante nuestros ojos texturas inusuales, sugestivas, impregnadas de colores llamativos no vistos hasta ese momento, idóneos para ilustrar la paleta de cualquier pintor.

    Estos parajes fueron en otra época lugar de acogida de fenicios, griegos y romanos. Del dominio romano, nos habla Plinio el Viejo en un relato sobre la estancia de Escipión el Africano en las termas romanas construidas en la Sierra de Alhamilla.

    Tras su desembarco en el Delta del Ebro, en el año 211 a.C., Publio Cornelio Escipión, en compañía de su hermano Cneo, luchó sin descanso para avanzar en la conquista de Hispania. Los Escipión llegaron hasta la ciudad de Cástulo (cerca de la actual Linares) y allí se enfrentaron a Aníbal. Los dos perdieron la vida en la batalla, ganada por los cartagineses. Un año más tarde, un sobrino de los dos hermanos, Publio Cornelio Escipión, llamado posteriormente el Africano, arribó a tierras hispanas y se enfrentó a Aníbal en las áridas tierras de la sierra de Tabernas. El Africano, tras ocultarse con parte de su ejercito en el interior de las minas de yeso de Sorbas, lanzó un ataque sorpresa. Los cartagineses fueron derrotados con su jefe a la cabeza, lo que supuso el principio del fin de la segunda guerra púnica. En el fragor de la batalla, el general Escipión resultó herido y fue llevado tras la victoria a los baños de Sierra Alhamilla, donde se recuperó, disfrutando de las aguas medicinales ricas en sulfatos. Una vez repuesto, regresó a Roma, donde fue aclamado por la ciudad, recibió honores y el sobrenombre por el que le recordamos.

    Javier Martín

    Comentario

    Con la llegada de Oriente de nuevos y vivos pigmentos, la austeridad de la paleta utilizada en Roma se vio  comprometida,  lo que hizo que Plinio el Viejo escribiera: “Ahora la India aporta el rezumar de sus ríos y la sangre de dragones y elefantes”.


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