Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Ars Citerior

Entrega 38. Abel Martín. Sin título.

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

38ª entrega

 

 

 

 

 

Sin título. Serie Redes.

Abel Martín. 1972.

abel martin. serigrafia redes

 

El presente relato se titula “El Coleccionista”.  Su autor no podía ni imaginar que su amigo el serigrafista Abel Martín, moriría veinte años más tarde como consecuencia de un robo en el propio domicilio del artista.

 

El cryomóvil azulado se paró ante el 117 de la Avenida de las Siete Lunas.

Un caballero, vestido con la típica falda escocesa de los inspectores de seguros, se bajó de él y, atravesando sin casi mirarlo el pequeño jardín de cristal, se dirigió hacia la puerta del tranquilo chalet.

Antes de llegar, la voz melodiosa de la doncella electrónica ya le había

preguntado que deseaba. El hombre introdujo su carnet de identidad por la ranura de recepción de la puerta al tiempo que decía:

- Deseo ver a la Señorita Berenice.

Hubo unos momentos de silencio sólo interrumpidos por el ligero murmullo de algún engranaje encargado de la reproducción del documento, simultánea a su análisis. Luego la puerta se deslizó suavemente hacia la izquierda mientras la doncella indicaba:

- Pase y espere un momento, por favor.

El amplio hall, totalmente decorado en distintos tonos de malva, se encontraba invadido por maletas de todos los tamaños esparcidas en un total desorden.

Berenice entró unos momentos seguida de otra maleta.

- Siéntese, Sr. López, vuelvo en unos segundos.

La maleta, sin órdenes precisas, continuó caminando, aunque Berenice se había marchado, hasta pararse a los pies del agente de seguros.


El Sr. López no se sentó.

-Estas maletas son desde luego may prácticas - comentó Berenice cuando entró de nuevo - pero de todas maneras hay que hacerlas y pensar en todo lo que hay que llevar en ellas.

Se quedó unos instantes contemplando el desorden de la habitación.

- Perdone si está todo un poco revuelto, pero es que salgo para Venecia dentro de unas horas para asistir a la bienal y... por cierto que ¿He guardado el traje de hombre rana?... ¡Ah, si!... Vd. no es el inspector que vino la última vez ¿verdad?.

- No, señorita - contestó el Sr. López - es la primera vez que vengo. La Underwood ha tenido conocimiento de su viaje y me ha enviado a mi para que revise sus sistemas de seguridad. Se queda la casa sola, según tengo entendido.

- Efectivamente - confirmó Berenice - pero confío en la Underwood y sobre todo, en que nadie sabe que me voy. Como dejo siempre la casa programada, nadie puede

sospechar que me haya ido... Por cierto ¿cómo supieron que me iba?.

- ¿Ha dejado Vd. de ir alguna vez a la bienal?

Por primera vez Berenice pareció fijarse en el hombre con quien hablaba.

- Tiene razón,... todo el mundo lo sabe...

- ¿Tendría la amabilidad de mostrarme su anillo?

- No se preocupe por eso, le aseguro que todo funciona correctamente... ¿Puedo ofrecerle una copa de Jerez?... ¿Algo fresco?.

- Estoy de servicio, señorita. Por favor, su anillo.

Berenice le alargó displicentemente la mano izquierda y se quedó mirándole a los ojos mientras él, con un pequeño Geiger diferencial, medía las radiaciones de la pequeña piedra roja que adornaba el anillo.

- Me gustan los hombres rudos... Es Vd. el primer inspector de seguros que veo que no se depila las piernas.

Y Berenice alargó también la mano derecha, pero esta vez para acariciar los rizos de la patilla izquierda del Sr. López, inspector de la Underwood Safety Systems.

* * *



El cryomóvil azulado se detuvo ante el 117 de la Avenida de las Siete Lunas.

Alguien, no muy convincentemente disfrazado de Señorita Berenice se bajó de él y, atravesando el jardín de cristal se dirigió hacia la puerta del chalet. Los ojos y la roja cabellera tenían un color bastante correcto; incluso la nariz, proporcionalmente mayor, tenía la misma forma. Pero las piernas, aunque depiladas, delataban que el portador de aquellos exuberantes pechos era un hombre.

El ojo fotoeléctrico de la doncella lo examinó detenidamente, pero solo cuando el "Sr. López" ya había salido de su ángulo de visión se decidió a preguntar.

- ¿Qué desea?

Casi simultáneamente la falsa Berenice colocó la piedra roja de su anillo ante el ojo con la rapidez suficiente como para que la doncella no tuviera tiempo de examinar la textura de su piel.

Para el "Sr. López" era claro que la unidad de decisión de la doncella estaba activamente ocupada en comparar lo que acababa de ver con las imágenes anteriores de la Srta. Berenice que conservaba en su memoria topológica.

Finalmente, con suavidad, la puerta se deslizó hacia la izquierda.

- Buenos días, Señorita Berenice. Ha vuelto Vd. un día antes de lo previsto y ha engordado 8 kilos 228 gramos.

El "Sr. López" no hizo ningún comentario, aunque la alusión al aumento de peso le sugirió alguno. Imitar la voz de la Srta. Berenice hubiera sido desastroso.

Se dirigió rápidamente a uno de los sillones malvas e introduciendo la mano entre el cojín y el brazo de la derecha desconectó el sistema de alarma general. Unos segundos más y quizás el ojo interior de la doncella o los sensores térmicos le habrían delatado. Ahora sólo quedaban los pequeños Geiger diferenciales de los marcos de los cuadros.

Al retirar la mano del sillón recogió dos pelos rojos que habían quedado allí adheridos. El "Sr. López" sonrió: eso había sido fácil. Lo más difícil fue obtener unos lentes de contacto del color adecuado ya que, aunque había conseguido tomar un buen número de microfotos de Berenice mientras la abrazaba, la calidad de los colores de una película ultra-rápida no era muy de fiar, sobre todo en una habitación en la que, salvo la luz difusa del techo, todo producía reflejos malvas.

Se dirigió hacia la puerta de la derecha y, sin dudarlo un instante, la abrió. Ante él se encontraba el objeto de todos sus desvelos: Las únicas seis serigrafías de Abel Martín que faltaban en su colección: Las redes de 1972.

El "Sr. López" apretó un botón y unas cortinas totalmente opacas cubrieron los cristales que formaban la pared norte de la sala. Simultáneamente, la luz difusa del techo fue llenando la habitación.

Las únicas copias que quedaban en la Tierra de las seis redes de Abel Martín. Una de las dos que quedaban en todo el Universo. Eran unas serigrafías de la época en la que el autor frecuentaba el Seminario de Análisis y Generación Automática de Formas Plásticas del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid (el SAGAF-P del CCUM, para los amigos). Aquel año el Seminario estuvo más dedicado a lo primero que a lo segundo; más concretamente, se hizo un profundo análisis de las redes, que más tarde cuajaría en un interesante tratado aún hoy consultado por los expertos en creatividad cibernética.

Las seis redes en que se basaban las serigrafías eran pleremáticas, es decir, tales que su ley de formación era capaz de cubrir homogéneamente todo el plano.

Las cuatro primeras eran monomorfas con mallas triangulares, rectangulares, pentagonales y hexagonales respectivamente.

La quinta, bimorfa, estaba constituida por pentágonos y rombos.

Las mallas de la sexta, también bimorfa, eran triángulos curvos de dos tipos diferentes.

El Sr. López fue descolgando y desmontando los cuadros no sin antes colocar el anillo radiactivo en el ángulo inferior izquierdo de cada uno de ellos.

Sonrió al pensar en la sorpresa que se llevaría Berenice al día siguiente.

Enrolló cuidadosamente los cuadros y salió de la habitación. Naturalmente no volvió a conectar el sistema de alarma, sino que, dirigiéndose a la puerta, la abrió utilizando el pestillo de emergencia.

Al salir al jardín de cristal hubo tres gestos de sorpresa: El suyo al ver a dos policías esperándole y el de los dos policías al ver semejante adefesio de Berenice.

- Queda Vd. detenido.

El Sr. López se rindió sin lucha.

- Tengan cuidado con los cuadros, dijo, entregándolos a uno de los policías. Son valiosos.

El otro policía le puso las esposas.

- ¿Qué hacían Vds. aquí afuera?

- Estábamos esperando a que saliera.

- Pero ¿cómo pudieron ni siquiera imaginar...?

- Las cortinas.

El Señor López miró hacia las cortinas que él había corrido para que no le vieran descolgar los cuadros desde la calle. En ellas estaba escrito;


DENTRO HAY UN LADRON

Florentino Briones
 1973

 

Comentario

Este cuento, basado en hechos reales, figura como introducción en una carpeta con seis serigrafías sobre cartulina de mi amigo Abel Martín (ver "Ordenadores en el arte. Primeros pasos"), que en paz descanse. Las serigrafías, incluido el cuento, fueron expuestas en 1973 o 1974 (no recuerdo la fecha exacta) en la galería Kreisler de Madrid.

 

Florentino Briones

Junio 2012

abel martin. serigrafia redes




abel martin. serigrafia redes




abel martin. serigrafia redes



abel martin. serigrafia redes




abel martin. serigrafia redes




abel martin. serigrafia redes



 

Cada una de las seis serigrafías sobre cartulina están acompañadas por dos sobre papel transparente que, superpuestas, permiten diferentes versiones, como, en el caso de la última:

 

abel martin. serigrafia redes

 

 

 

abel martin. serigrafia redes


 

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