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Entrega número 48
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Ars Citerior

Entrega 35. Hugo Fontela. Little Palm XV. Serie Náufragos

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

35ª entrega

 

 

 

 

 

Little Palm XV. Serie Náufragos

Hugo Fontela. 2010.

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(imagen gentileza del artista)

 

Hacía dos meses que nos conocíamos, los dos éramos licenciados en historia del arte en país ajeno, donde tuvimos que aprender rápidamente costumbres y lengua para poder llevar a buen término nuestros estudios sobre Ingres. Nos había acogido la universidad de  Montauban, en el Midi-Pyrénées, y gracias a una modesta beca llegábamos a fin de mes. Todo era superable: el estar lejos de la familia, los horribles menús en el comedor de la ciudad universitaria o las liliputienses dimensiones de nuestras habitaciones. Todo era soportable salvo el tedio de los fines de semana, cuando departamentos, bibliotecas y archivos universitarios permanecían cerrados. Nuestros ajustados recursos económicos hacían interminables aquellos dos días. Procediendo de países cálidos, optábamos por encerrarnos en nuestras habitaciones, al no soportar el frío, la humedad y el cielo plomizo del invierno. En ocasiones, nos invitaba algún profesor a cenar en su casa, lo que agradecíamos con gran politesse, sin ignorar que éramos vistos como estudiantes que aportábamos un plus exótico a la mesa. Sospechábamos que se esperaba de nosotros que al final de la noche entonásemos algún canto típico de nuestros folclores.

Una mañana, mi amigo se presentó en mi habitación y me entregó una bolsa de cuero, en cuyo interior se encontraba su documentación, una cadena de oro, el talonario de cheques y una pequeña cantidad de dinero en efectivo, diciéndome que ingresaba esa misma tarde en el hospital para ser operado de la recidiva de un tumor ya intervenido un año antes, una patología de la que yo no había tenido ningún conocimiento hasta ese mismo instante. Prefirió no decir nada a sus padres pero, en previsión de un fatal desenlace durante la intervención, me dejó instrucciones para comunicarlo a su familia.

La suerte, la habilidad de los cirujanos y la resistencia de mi amigo, hicieron que la intervención fuera un éxito y la recuperación rápida. A las veinticuatro horas ya estaba caminando por los pasillos del hospital. Al día siguiente le devolví sus pertenencias y nunca más hablamos de ello.

Llegado el verano, y el fin de nuestro curso, partió hacia su tierra, para volver a disfrutar de las playas del Yucatán, con sus palmeras varadas en la arena, dejando de ser un náufrago en tierra extraña. Con el paso del tiempo perdimos el contacto. Ahora, después de tantos años, con la nostalgia de la juventud, desearía saber de él. Pero temo llamarle, por si la marea negra ha vuelto a invadir su cuerpo, cual petróleo derramado en una de sus playas. Prefiero imaginármelo tumbado, enraizado  en la arena de la playa, como un esbelto tronco de palmera.
 
Javier Martín

 

Comentario

 “La eternidad está en nuestras manos. Vive de tal manera que, cuando te vayas, mucho de ti quede aún en aquellos que tuvieron la buenaventura de encontrarte”.

 

Anónimo

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