Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Entrega 25. Jordi Teixidor. Sin título.

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Leyendo cuadros. Mirando historias. 

25ª entrega

 

 

 

 

 

Sin título.

Jordi Teixidor. 1997.

leyendo cuadros mirando historias. coleccion ars citerior. jordi teixidor. sin titulo

(imagen gentileza del artista)

 

Llegada la noche, el ladrón penetró en las dependencias municipales, buscando el archivo en el que se encontraban las diligencias abiertas contra él por reiteradas infracciones contra el patrimonio cultural de la ciudad.

A pesar de tener un informador dentro del propio organismo, no dio con el objeto de su búsqueda y, en venganza, tomó la decisión de descolgar de una de las salas uno de los cuadros que la decoraban.

Al día siguiente, al realizar la señora de la limpieza su labor diaria,  se apercibió de la ausencia, pues siempre le había llamado la atención el dorado marco grueso que encerraba un exótico paisaje. Pero sin darle mayor importancia, siguió con su labor, pues no era infrecuente que en algunos despachos se cambiara la decoración. Al marchar, hizo un breve comentario al administrativo más veterano, que lo hizo llegar al jefe de departamento, quien, tras preguntar a los demás funcionarios sobre el objeto desaparecido sin obtener ninguna respuesta satisfactoria, decidió realizar una llamada telefónica al comisario de policía, con el que le unía una buena amistad, y de este modo asegurarse de la necesaria discreción. En menos de una hora, el comisario Palacios, jefe del departamento judicial de la zona, se encontraba en las dependencias municipales interrogando sobre el cuadro. En un primer momento sólo pudieron decirle que se trataba de un lienzo en un marco dorado muy bonito, que hacía años que estaba en la sala de juntas, pero que no sabían ni quién era el autor ni quién lo había colgado allí.

Con la llegada del concejal de Cultura se pudo aclarar que la obra sustraída pertenecía al museo municipal, y que, por orden del alcalde precedente, se había trasladado desde el museo a la sala de juntas “para darle una imagen más solemne”. El agente policial preguntó si podían llamar al director del museo, pero el concejal le comentó que hacía años que ese cargo estaba vacante, y que quien podía informarle mejor era el bedel del mismo, que llevaba cuarenta años en el puesto y que sabía todos los pormenores de cada uno de los cuadros que se custodiaban en dicho centro. El bedel le informó de que la pasión por la pintura le había llevado a realizar con mucho esfuerzo los estudios a distancia de Historia del Arte, pero que no había querido nunca ser trasladado del puesto de vigilante de “su museo”, como cariñosamente lo llamaba. El modesto empleado afirmó que la obra era de Gustave Moreau, pintor francés del siglo XIX, y que la tela en cuestión había sido donada por una de las familias más pudientes de la ciudad, que al carecer de descendencia decidió legarla en 1935.

Los diarios y la televisión se hicieron eco del suceso de inmediato, y algún malintencionado periodista se preguntó por qué una obra de ese valor patrimonial se encontraba colgada en un despacho, maltratada por el humo del tabaco y la polución ambiental, y sometida a la agresión del plumero del personal de limpieza.

Fueron suficientes cuarenta y ocho horas para que el comisario diera con el autor del robo y con el cuadro, que el ladrón había colgado osadamente en el comedor de su casa. En siete días, la concejalía de Cultura y Patrimonio dio orden de realizar urgentemente la  catalogación de todas las obras que había en las diferentes dependencias municipales. También se le pidió al apasionado bedel que aportase toda la documentación que había podido recopilar de las obras que contenía el museo. Con pena entregó veinte ficheros repletos de notas y de recortes de revistas especializadas, acumulados y ordenados durante años en largas horas detrás de una mesa, esperando que alguien entrara a visitar su querido museo.

Javier Martín.

 

Comentario


Muchos son los recuerdos de tantos años en la recepción de mi querido museo. Pasé de ser alguacil a ser el responsable de cuidar todas aquellas piezas, que un grupo numeroso de artistas tuvieron a bien donar para ser expuestas en un magnífico palacio del siglo XV. De este modo, muchos pudieron admirar la últimas tendencias artísticas, incluidos mis convecinos, sencilla gente de un pequeño pueblo agrario.

Durante aquellos años fui conociendo a muchos pintores que venían a visitarnos: Gómez Perales, Michavila, Mompó, Sempere, Rocamora, Yturralde, y tantos otros. Siempre tenía preparado, en un cajón del mostrador, un libro en el que les pedía un autógrafo dedicado. Alguno de ellos incluso realizó en él algún que otro dibujo, dejando en aquellas hojas pequeñas obras de arte, que hoy, cuarenta años más tarde, sigo mirando de vez en cuando, ahora ya en la tranquilidad de mi casa, a pocos pasos de mi querido museo.

M.M.

Conserje de museo


 
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