Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Entrega 24. Juan Manuel Fernández Pera. Atardecer amanecido

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

24ª entrega

 

 

 

 

 

Atardecer amanecido.

Juan Manuel Fernández Pera. 2009.

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(imagen gentileza del artista)

 

Como cada tarde de domingo subía al coche que me llevaría al internado, donde permanecería hasta el siguiente viernes, cuando vendrían de nuevo a recogerme. El motivo: estudiar el bachillerato para llegar a ser un hombre de provecho el día de mañana.

Durante la hora que duraba el viaje en el Citroën dos caballos, con  asientos de skay azul que se pegaba a nuestro cuerpo, la radio se encargaba de amenizarnos. El comentarista de Carrusel Deportivo retransmitía el resultado de los partidos sin descanso. Aún resuenan en mi cabeza los apelativos con que eran denominados cada uno los estadios de futbol: Longines, Soberano, Anís El Mono… Era una especie de horror recitativo del que intentabas aislarte mirando el atardecer sobre el pueblo que dejábamos atrás.

Los viernes era la deseada vuelta, para pasar un nuevo fin de semana en casa. Ese  día mis padres no podían venir a recogernos y era un tío el encargado de hacerlo en un coche Seat 1500 de color negro, con los asientos cubiertos por unas fundas protectoras para que el tapizado permaneciese nuevo, mientras que el resto del vehículo envejecía. En este recorrido la emisora retransmitía la letanía a la Virgen María y, con su musicalidad, incluso llegaba a adormecerme con las rogativas: Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana… Ora pro nobis.

Ahora que el día de mañana ya ha llegado, cuando viajo en coche y puedo cerrar los ojos, vuelven a mi mente los mismos nombres: Torre de marfil, Longines, Casa de Oro, Soberano, Arca de la Alianza, Anís El Mono… Ora pro nobis.


Javier Martín.

 

Comentario


Poco puedo decir de los viajes que narra este texto, pues mi trabajo era cuidar de los alumnos durante los días que permanecían en el colegio. Eran tiempos muy diferentes a los actuales y aun siendo de las órdenes religiosas más abiertas, aplicábamos métodos que hoy calificaríamos de poco acertados: dar vueltas al patio a media noche, golpes de campana en alguna cabeza que necesitaba “un toque de atención”, o intentar elevar al pequeño alumno “al cielo” tirando de sus patillas u orejas hacia arriba.

De allí salieron los hombres que hoy sustentan nuestra sociedad: profesores, médicos, abogados, químicos, incluso algunos han llegado a ostentar cargo de Conseller o de director de museos de primer orden.

Ahora, desde mi retiro, pienso en aquellas partidas de frontón que jugaba con mis alumnos, ellos uniformados con el babero a rayas y los puños azules y yo con mi sotana, replegada sobre la cintura para no tropezar.


Ignacio S.

                     Salesiano.
 
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