Leyendo cuadros. Mirando historias


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Entrega número 48
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Entrega 22. Chema Peralta. Libro y Origami

Leyendo cuadros. Mirando historias. 

22ª entrega

 

 

 

 

 

Libro y Origami.

Chema Peralta. 2007.

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(imagen gentileza del artista)

 

A través de un Origami llega a mi mesa un libro, no sé quién lo envía ni de qué puede tratar, pero quien me lo remite es un amigo. Alguien que conoce mi pasión por los libros impresos, ese conjunto de hojas que en ocasiones nos hace soñar y nos transmite parte del saber acumulado durante siglos por la humanidad. Es el sistema de difusión de información que siempre hemos conocido, y que en estos momentos algunos piensan que puede llegar a su fin, en favor de los textos electrónicos, esas máquinas frías que tratan de sustituir a un objeto con cinco siglos de antigüedad.

Desde que apareció el códice, que sustituyó poco a poco al incómodo formato del rollo, ya fuese éste de papel de arroz, en China, o de pergamino, en el antiguo Egipto, ha sido el libro o volumen el vehículo de transmisión del saber, generación tras generación.

Los libros saben transmitirnos la sensación cálida de tener un mundo de emociones y sabiduría entre nuestras manos. Recuerdo aquellos volúmenes en los que Julio Verne nos hacía imaginar aventuras extraordinarias, o las ediciones de la editorial francesa que bajo el título genérico Que sais-je? nos explicaban conceptos básicos de temas tan dispares como el átomo o el arte egipcio. Ha quedado grabada en mi memoria la frase repetidamente escrita en la solapa de una colección de la editorial Labor: “Sus volúmenes son un instrumento de estudio y de consulta que forma la indispensable biblioteca del hombre contemporáneo”.

Aún hoy, tras varias décadas, podemos volver a releer y acariciar esas historias impresas, que hacen aflorar en nuestra mente recuerdos de adolescencia y primera juventud. Como en un sueño, vemos la casa donde vivíamos y surgen en nuestra mente los momentos que rodearon esas lecturas.

Los amantes de los libros no olvidamos el sufrimiento que nos producían las imágenes de cientos de volúmenes quemados en las hogueras por orden de las autoridades en la película Fahrenheit 451. Truffaut nos tranquilizaba después al revelarnos que muchas personas, adentradas en un bosque, habían aprendido al pie de la letra cada una un libro, cuyo contenido se transmitía de generación en generación para perpetuarlo en el tiempo y, de este modo, lanzar hacia el futuro la sabiduría que atesoraba.


Javier Martín.

 

Comentario

“Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”

 

Heinrich Heine.

Poeta.


 

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