Águeda de la Pisa

     

    Joaquín Vaquero Turcios

     

    Texto para el catalogo de la exposición en Valladolid 2003

     

    El pintor tiene un mundo visual interior, al que se escapa siempre que puede, del mismo modo que puede, del mismo que quien tiene una casita con jardín en el campo coree a ella en cuanto hay ocasión. Allí encuentra una luz especial, unas particulares relaciones espaciales, unos colores que le son conocidos, unas texturas que satisfacen su tacto y su vista con los cuales, combinándolos, intenta una y otra vez conseguir acercarse a una imagen clara, pero vaga y huidiza que aparece reiteradamente en el interior de los corredores de su cerebro. Los resultados de ese intento son, en ocasiones, alguna variante. Esa imagen interior que cada uno de nosotros persigue la misma meta, aún cuando está pueda tener, en ocasiones, alguna variante. Esa imagen interior que cada uno de nosotros persigue, es una especie de arquetipo que está siempre en el fondo de lo que hacemos.

    Para los pintores, pasar los ojos por un cuadro ajeno es análogo a pasar el láser por un código de barras. Un vistazo rápido puede producir en nosotros un poderoso caudal de información y de emociones, que dan como resultado rechazo, indiferencia o una fuerte atracción hacia la obra examinada. Esto último sucede- es una de las hipótesis posibles- cuando la afinidad entre lo arquetipos del autor y del espectador es muy grande, o son comunes algunos de sus componentes. Quizás también cuando, por ser muy opuestos, no existe afinidad sino complementariedad.

     

    He contado siempre que lo que yo entreveo con los ojos de la mente, mi arquetipo, es algo así como una placa rectangular de piedra blanca, de tacto algo áspero y seco, erosionada y atravesada con grietas y rayas, destacada sobre un fondo profundo.

    En ocasiones la veo nocturna, la misma en negro y azul. Todo lo que más me gusta el arte y en la naturaleza tiene un parecido con eso y cuando encuentro al menos alguno de sus componentes, se enciende una luz en mi centro cerebral del placer visual y táctil. Puede ser una vieja puerta rectangular son su pintura cuarteada, un campo arado o un jardín de arena japonés, el peplo de una koré o las estrías de una columna dórica, la palma de la mano surcada de líneas o el revoco agujereado y agrietado de un muro y muchas otras cosas. Puede ser también un cuadro de Águeda de la Pisa

    Porque al verlos se encienden todas las luces de mi centro cerebral de placer y admiración. Siento que su parcela imaginaria, donde ella encuentra sus imágenes, debe estar situada en una región hermana de la mía, orientada hacia un horizonte que he visto yo también alguna vez entre las rocas. Que ella describa su visión mejor que yo lamía es algo que no hace sino aumentar mi admiración.

    A un espectador “laico” de los muchos que quedan cautivos de estas pinturas suyas, probablemente no le hace falta ahondar en el tema. Pero un pintor puede analizar razones de esa afinidad reiterada. Y está me ha parecido una buena ocasión para intentarlo, hasta donde se pueda. Aquí están algunos de los componentes de la pintura de Águeda que son particularmente emocionantes.

     

    La levitación

    “Formas que pesan y formas que vuelan”. La dicotomía arriana clasificaba en una y otra apariencia a todas las imágenes pintadas en cualquier tiempo o lugar. Sin embargo, parece claro que existen algunas que flotan a media altura en un espacio vacío, donde permanecen en suspensión inmóviles, o mejor, casi inmóviles, pues transmiten una sensación de leves cambios.

    Una condición indispensable para que se dé está sensación es la ausencia de perspectiva, la proyección de la imagen a un plano situado en el horizonte, en el punto de fuga, allí donde el espacio el espacio y el tiempo se hacen estables. Si a ello se suma la simetría, su intensidad espiritual aumenta. Para ejemplos análogos habría que mencionar alguno  de los Velásquez, más emocionante, en los que una figura negra flota en el vacío gris, o regresar a las figuras del fresco de la reina de Saba de Piero en Arezzo, o contemplar las manchas de Rothko. Como ellas, las formas de Águeda leviatán, liberadas milagrosamente de la gravedad.

    En el horizonte, allí donde el tiempo y el espacio se hacen estables y cesa la atracción de la tierra, en ese espacio de meditación, vive y evoluciona la pintura de Águeda. La intensidad de esa calma horizontal se multiplica últimamente en su pintura en cabrilleos deslumbrantes del río, catalizadores de visiones, o en muchos horizontes del mar. Porque la pintura de Águeda de la Pisa es una pintura visionaria, la cualidad más alta y más intensa que pueda alcanzar esa “superficie recubierta de colores en un cierto orden”. La única que justifica la necesidad de pintar de contemplar lo pintado.

     

    La erosión de la forma

    Miguel Ángel recomendaba tirar las esculturas recién acabadas por un monte abajo. Lo que quedase, después de rodar y golpearse en su caída, de romperse, rozarse y mancharse, perdidas las artistas, creadas otras en las fracturas al azar de sus encuentros con las rocas o en la necesidad  de la trayectoria de su masa obediente a la gravedad, se detendría al fin, en el valle, un bloque de mármol con la forma esencial de la obra buscada, a la que anda sobra ni nada falta. La erosión es maestra de la forma. Las texturas y las formas que pinta Águeda de la Pisa están sabiamente, reducidas a su geometría esencial, a sus contornos necesarios.

     

    La erosión del color

     

    También el color puede perder la dureza orgullosa de su piel, la impenetrabilidad de la superficie brillante, la perfección indiferente de su tersura inicial, y diluirse hasta transparentar entreveradamente lo que aparece debajo; lavarse a medio secar, de manera que sólo permanezca lo ya definitivamente fijado, rozarse, lijarse, afinarse hasta que sólo quede allí la esencia del calor, su aroma último, su espíritu, su presencia indispensable. Así son los colores de Águeda.

    La erosión introduce la dimensión temporal en el arte, y ambas son cualidades de la belleza de los formas y de los colores. “el tiempo también pinta” decía Goya, queriendo decir eso mismo.

     

    La simetría

     

    Simétricos con respecto a un eje vertical son muchos de los cuadros de Águeda de la Pisa. Simétricos como un rostro, como la fachada de un templo griego, como un libro abierto, como un árbol o la hoja de un árbol. Todas las imágenes cargadas de espíritu simbólico son simétricas. Esa disposición frontal, equilibrada, transmite una sensación de calma y trascendencia, de autoridad, de autoridad espiritual. Desde el Cristo resucitado de Piero della francesca al Buda de Kamakura, podríamos mencionar muchos ejemplos evidentes. Los temas simétricos en los núcleos centrales  de las pinturas de Águeda transmiten la sensación de ser visiones obtenidas en la paz y la luz de la meditación.

    Como la palabra simetría se usaba también para significar armonía, ese sentido nos vale igualmente para estas obras que son, a la vez, armónicas y simétricas.

     

    Joaquín Vaquero Turcios

    © Javier B. Martín. Todos los derechos reservados.
    Free Joomla! templates by Engine Templates