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Entrega número 48
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Águeda de la Pisa. Naturaleza, un espacio representado

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Águeda de la Pisa. Naturaleza, un espacio representado


Águeda de la Pisa. Naturaleza, un espacio representado

CATÁLOGO

(Imágenes cortesía del artista)

CIELO HABITADO

Hace años, Francisco Pino, que tuvo con Águeda de la Pisa larga amistad, familia trabada, y todo el sufrimiento que acarrea el arte cuando se formula con una pasión, había definido la pintura de Águeda como un “Hogar en asta”. Es decir, una especie de estremecimiento que, llegado a su paroxismo o a su andadura creciente, se recoge en los adentros como una dulcedumbre, como una patria en su regazo, como una vivencia entrañada. Yo fui testigo de ese florecimiento espontaneo. De repente, con un aviso telefónico audaz, aparecida Águeda por el páramo del Pinar de Antequera -siempre dosificaba esas epifanías con gran estilo y seducción-, y entonces los tramos de la arquitectura modernista de aquella casa insatisfecha y desvencijada del poeta crujían como un edén, como el escaparate de la creación. Sí, un hogar posesivo y tremolante.

La galería La Maleta -otra vez Valladolid como invitación de los sentidos y como reducto de las bellezas primigenias- nos ha traído ahora, después de muchos años, y cuando la abnegación del arte sigue abierta en canal a las ciencias del espíritu y a los tasadores del lienzo sin demasiadas consideraciones, a este mismo concepto y a este preciso espíritu que arrastra la obra de Águeda: a un “cielo habitado”. Nada gratuito, por tanto, en la expresión poética que usa la artista en estos momentos como revelación porque, previamente, se han agotado los axiomas de lo útil y las enseñanzas del diletantismo pictórico. Y también porque antes se han puesto ladrillo a ladrillo, color a color, armonía tras armonía, convicción tras convicción, los continentes expresivos de la forma hasta caer ahora, de modo natural, en las genialidades del “cielo construido” como una habitabilidad sin muros.

Y de bruces, nos encontramos con esta exposición de viviendas y de colores, de edificios verticales y de oxidadas estructuras, prendida de una serie de novedades realmente afortunadas. La mano azul de Águeda de la Pisa –y lo digo porque su pulso encontró en este color una lírica insistente y un matiz terrenal que rayaba en lo perfecto- nos había acostumbrado a una humanidad cosida al paisaje que respiraba, a una rigurosa construcción hegeliana plagada de panteísmo colorista insistente y maciza. Pero el rumbo del creador cambia irremediablemente con las tensiones del espíritu y con las sociedades más extrañas. Y esta exposición en una muestra potentísima de ello, porque Águeda del Pisa ha superado aquí la propia historia y su abstracción intuitiva con un realismo lanzado y seguro. Todo aquí se concretiza en la ciudad vivida, en el retrato biológico del paisaje urbano, en la arquitectura de impacto para un arte existencia apoyado en una modernidad fundante.

Palabras mayores. Y es que sobre una impresión digital -el arte del XXI lo ha descubierto como vocación productiva- pueden hacerse cantidad de montajes, de procesos matemáticos, y de osadía arquitectónicas columpiándose milagrosamente de estructura ingrávida. Todo ello es posible gracias a una acumulación de ingenio y de tiempos de relatividad al son acompasado de un violín. Algunos pintores así lo han hecho, y su estela ha sido tan efímera como correcta. En cambio, en estas composiciones de Águeda de la Pisa el rumbo transita por desavenencias más arriesgadas. Hay un esencialísima que resume todos los cuadros de la muestra y que se impone como impresión: la que se arroja en esos ejes de simetría en donde la realidad arquitectónica se desdobla en una entidad refleja, en una vida autónoma que se escapa a la mole contemplada. Hablamos, por tanto, de sustancias pictóricas, de definiciones novísimas, vistas desde abajo, y que los materiales de construcción imponen a la pintora con un pudor cultural y psicológico.

¿Sólo esto? Evidentemente no. Estos cuadros de Águeda de la Pisa traspasan los buceos de la materia. Hay una belleza encuadrada que está acotada por una serie de tiras horizontales de colores -auténticos tajos de idealidad imperiosa-, que sortean en todo momento las trabas de los volúmenes y que fijan la atención en una estética dinámica y en un espacio de armonía triunfante. Y aquí, en este tiro de hermosura formal, las estructuras de la modernidad encuentran su “hogar en asta”, su “estancia Águeda” que el poeta de las vanguardias imposibles cuajó como descansos de un cielo habitado.

ANTONIO PIEDRA

(Agradecemos a Antonio Piedra la autorizaciónpara reproducir el presente texto)

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