Leyendo cuadros. Mirando historias


>> Listado de todos los relatos publicados 

Entrega número 48
Postludio. José Mª Yturralde
José Mª Yturralde
Postludio
VER

Documentos de introducción
 Introducción de Javier Martín 
 Introducción de Ana Álvarez 
 Listado de autores 

Login

Ars Citerior

Calo Carratalá. De viajes (2008-2018)

Calo Carratalá. De viajes (2008-2018)


Calo Carratalá. De viajes


Calo Carratalá o el fulgor del boceto

 

“Una obra silenciosa que guarda un secreto difícil de conseguir”

       [Antonio López a propósito de un paisaje de Calo Carratalá]

        

Cuando nos encontramos ante los paisajes de Calo Carratalá —y los que contemplamos en DE VIAJES expuestos en el Castell d’Alaquàs se ofrecen a la vista desde una generosa variedad— nos asalta un cúmulo de emociones diversas, muchas de ellas inesperadas, que no provienen —o, al menos, no sólo— de la heterogeneidad geográfica o de la impronta artística que transitan por sus lápices, tintas, pinceles. Tanto los dibujos sobre papel y tela de la sección “Selvas Negras” o los óleos de “Selvas Verdes” que nos sumergen en los adentros de la selva amazónica peruana, como sus óleos de gran formato con audaces visiones de las densas y nevadas orografías inspiradas en los Pirineos y en los Alpes (“Montañas”) y los sosegados parajes boscosos noruegos (“Noruega”), constituyen fuera de toda duda muestras selectas que cifran la mejor producción de Carratalá en los últimos diez años. A las que se suman los acrílicos sobre plancha de hierro de sus corográficos pescadores de Tanzania.

En todas ellas subyace con una admirable armonía la contemporaneidad de su mirada y de su ejecución, pero a la vez sentimos casi de manera insospechada los ecos de un gran aliento visual, pleno de rasgos y emociones que presentimos haberlos vivido en nuestros múltiples encuentros con el paisaje, pictórico sobre todo. Carratalá es indudablemente un pintor contemporáneo que se desenvuelve con una sutilidad imperceptible entre la figuración y la abstracción, es hijo de su tiempo, lo cual no excluye su profunda mirada sobre la gran tradición artística del paisaje. Martín López-Vega, poeta compañero de Carratalá, becados ambos en la Academia de España en Roma entre los años 2000 y 2001, nos ha recordado en un vivo retrato de aquellos instantes romanos, las conversaciones mantenidas sobre el interrogante de los beneficios artísticos de estar en una ciudad como Roma frente a otras con una vitola más moderna, ante lo cual Carratalá no dudó en afirmar: “cualquier ciudad que abunde en lecciones de los viejos maestros, y qué otra como Roma, sigue siendo el mejor manantial para un pintor que siempre dialoga con ellos, pinte lo que pinte”. La mirada de Calo Carratalá, como concluye Martín López-Vega en la evocación de la estancia romana compartida, tiene en definitiva “esa sinceridad de buscar el diálogo no con nosotros… sino con esos antiguos maestros en los que ha aprendido que cada pincelada es lenguaje y cada punto de fuga, sintaxis de un idioma que se dice sin palabras para decir más de lo que podría decir con ellas”.

Fue esa seductora aleación de contemporaneidad y de asombrosa tradición hecha presente que aflora en sus paisajes la primera impresión que tuve cuando hace años visité su estudio y me vi frente a su pintura. Allí, entre las múltiples tablillas con bocetos, libretas abiertas de apuntes del natural, repentes de un inmediato cromatismo, puras manchas, recogidas en diminutos tamaños, convivían óleos rectangulares de varios metros junto a tondos de gran diámetro que captaron de inmediato mi atención. Pertenecían a la serie “Selvas Verdes” que ahora reaparecen en esta exposición, resultado de los innumerables bocetos dibujados y pintados durante una nada desdeñable estancia en solitario de un mes en esa geografía extrema que es la Amazonía peruana.

 

Calo Carratalá. De viajes

 

Los azarosos adentros de la selva, su bosque y maleza, las aguas y sus reflejos prolongando los intensos verdes, la incertidumbre del lugar, la desorientación, ceden en estas obras a un medio idílico, ausente de paisanaje y pleno a la vez de una apacibilidad tropical insospechada, un meditado universo en calma, complaciente con los instantes neutros y amables de la vida, poblados de escuetos figurantes anecdóticos del lugar que discurren en canoas o barcas surcando las aguas en calma del río, con cautivadoras aposturas, suaves y ensimismadas, unos con sombrilla o protegidos por entoldados, otros pescando con caña, remando o al control del motor. Sentimos sin duda en esta protagonista presencia de abocetadas barcas con personas en actitudes cotidianas una inusual emoción al hacernos sentir en esa geografía extrema, aun exótica, que es el escenario amazónico, las suaves armonías y bondades de la campiña italiana o de las orillas de sus ríos tan frecuentada por el paisajismo de los siglos XVII y XVIII. Acaso estas obras también podrían sugerirnos el apelativo de historiejas amazónicas, si nos atenemos a la aproximación escrita que Antonio Palomino hizo en su Museo pictórico y Escala Óptica de 1724, a la pintura corográfica y de paisaje, al hablarnos de "historiejas", en donde discurrían “aquellas casualidades que en el campo suelen ocurrir merendando unos, y paseando los otros, ya a pie, o ya a caballo, observando los trajes de aquel tiempo, o estilo de tierra”.

“Selvas Negras”, aun incidiendo sobre un similar paisaje amazónico, nos advierte de la importancia que Carratalá asigna a las técnicas gráficas en su personal trasvase a la creación artística de sus paisajes. Dibujos sobre papel y tela trazan un paisaje pletórico de sugerencias selváticas con aguas remansadas, aislados palafitos, canoas surcando el río, enigmáticas y atirantadas arboledas, todas ellas escenificadas con un halo misterioso de opacas mallas de apretadas líneas, densos trazos verticales, que por momentos nos hacen pensar en una interpretación con el lápiz de las linealidades propias del aguafuerte, que de algún modo nos recuerdan recursos gráficos presentes en algunos aguafuertes de Giorgio Morandi, tan obstinados en evidenciar rayados en paralelo y entrecruzados, por más que aquí Calo Carratalá se mueva con una libertad absoluta en el dibujo del lápiz compuesto sobre papel o lienzo.

Otras impresiones, otras sorpresas, vinieron después de este encuentro con sus primeros lienzos y dibujos amazónicos. Como los que mostraban sus también experimentales series “Montañas” y “Noruega”, tan pródigas en gigantescos riscos helados inspirados en los Pirineos y los Alpes, en cumbres de rocosas oquedades y aristados pliegues curvos, de exaltadas concavidades, con laderas o basamentos de árboles que salpican de verde las grandes dimensiones de los montes nevados en sobrios blancos y grises. No podemos evitar el recuerdo de recorridos paisajísticos históricos diversos, como los del suizo Caspar Wolf, precursor del paisaje romántico, por la cordillera alpina, o los mares glaciares de Caspar David Friedrich. Pero tampoco cabe desdeñar la actualidad de sus insólitos puntos de vista, ya advertida por Armando Pilato, desde una perspectiva aérea, con una mirada encumbrada nueva, en la que se ubica al pintor “sobre la dinámica fragilidad del fuselaje de un avión comercial”, frase que nos hace recordar el enardecimiento visual del paisaje al “modo aviador” con que premonitoriamente Manuel Chaves Nogales experimentó en 1928 al sobrevolar los Pirineos desde un Junker, descubriendo entre las nubes “el gran cuchillo de piedra de una montaña demasiado próxima”. O tampoco podemos sustraernos a sentirnos atrapados por esa persuasión del paisaje fílmico al contemplar los inconmensurables lienzos de varios metros de longitud de Carratalá con su naturaleza helada de imponentes y cortantes cumbres envueltas por apagados cielos azulados y borrosas nubes. Como escribe Antonio Muñoz Molina, con su meditado sentido común, “no miramos a nuestro alrededor igual que miraban quienes no conocieron las imágenes veloces del cine”, pues bien, al encontrarnos ante estas obras se entrecruzan en nuestra memoria “Los odiosos ocho” de Quentin Tarantino, rodada en Ultra Panavisión 70 mm, con sus grandiosas visiones de la ventisca de nieve con una amplitud montañosa nunca vista, solo pespunteada por la serpenteante y minúscula diligencia.

 

Calo Carratalá. De viajes

 

Pero entre las diversas capas narrativas que nos sugiere la obra de Calo Carratalá, su pasión por el boceto sobresale de un modo indiscutible. Se tiene la impresión que la plasmación en lienzos, papeles o planchas de hierro, una vez activo en su estudio valenciano, participa de una efervescencia, de un furor similar al que le embarga en ese trabajo de campo denso y dilatado, en la soledad de la selva o de las nieves o de las cálidas aguas tropicales, una experiencia artística en definitiva sin hiatos con la vivida y dibujada en multitud de bocetos, y cuadernos de apuntes. En las ocasiones que he tenido la suerte de asistir a verlo activo, creando sus bocetos al natural, no dejaba de sorprenderme la rapidez e inmediatez de sus miradas, ya al paisaje, ya a los borroncillos de su cuaderno, que se me antojaban casi similares a las prácticas fotográficas de quien salta de la visión rectangular y acotada del objetivo a la amplitud ocular del horizonte. Sus gestos, sus rápidos movimientos de la mano con los pinceles o con el lápiz, eran lo más parecido a ese trepidante clic del fotógrafo en la captura de instantes. Ocurría que en Calo esa captura era de colores, de masas, de perfiles, que en su posterior trasvase a la obra definitiva en su estudio seguía manteniendo todo el fulgor de la factura abocetada. El propio Calo lo ha manifestado en alguna ocasión, él se centra en el dibujo del paisaje en tanto obra acabada, obra definitiva, en sí misma, dan lo mismo los formatos, grandes o pequeños, no son obras preparatorias, ni trabajos previos de otros trabajos, el boceto, viene a decirnos, es el sustantivo sin más atributos.

 

Calo Carratalá. De viajes

 

Y es esta facultad de crear y explorar sus paisajes a partir del registro abocetado en tanto obra acabada —ese alcaloide pictórico tan específico de Carratalá— la que irrumpe con un protagonismo insólito en la sección expositiva “Tanzania”, su última obra realizada en este mismo año 2018. Por estos acrílicos sobre plancha de hierro discurre la historieja, la visión corográfica de pescadores tanzanos extendiendo redes, desplazándose en canoa, regresando con las cañas o palos de pesca al cuello o en los hombros. Sus gestos abocetados, la vehemencia del apunte rápido y de la mano experta en el lapicero o en el pincel, nos hacen gozar la pureza de este paisaje humano sugerido, inmerso en imprecisas geometrías corpóreas, en gestualidades logradas con pinceladas rotas y oscuras, de duros y vagos límites, fundidos en una desleída naturaleza acuática o terrestre de ambiguos contornos.

Reconforta el milagro de las privativas liturgias de las formas artísticas que nos ofrece Calo Carratalá con ese camino de vuelta a un paisaje que no es otro que el de su mirada y sus pinceles, ajeno —acaso provocado— a las trasteadas impregnaciones turísticas de estos lejanos y perseguidos lugares. Ante estos acrílicos recordamos el aforismo del cineasta Robert Bresson, “el silencio fue inventado por el cine sonoro”, y nos hace caer en la cuenta de esos admirables enigmas que envuelven sus paisajes, “ese secreto difícil de conseguir” que dijera Antonio López ante una de sus obras.

 Joaquín Bérchez

                                                                    Julio de 2018

 (Agradecemos a Joaquín Bérchez la autorización para reproducir el presente texto)

(Imágenes cortesía del artísta)

 

 

 

 


Powered by Bullraider.com