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Entrega número 48
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Robert Ferrer i Martorell. El proceso de la forma

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Robert Ferrer i Martorell. El proceso de la forma


Robert Ferrer i Martell. el proceso de la forma



Robert Ferrer i Martell. el proceso de la forma

VISLUMBRAR UN PROCESO

Jacobo Fitz James Stuart


Laberinto

Como galerista soy testigo de la enorme distancia que hay entre un artista y su público, entre el que fabrica y el que contempla o adquiere.

El artista vive en un perpetuo proceso, una vez la obra está acabada, la incubación concluye momentáneamente y la obra cobra una vida propia, contingente, ajena a las intenciones de su creador. La obra puede ser enaltecida, banalizada, maltratada, compartida, puede ser fuente de pensamiento, disfrute, vanidad o especulación financiera. Para mantener la cordura un artista debe soltar a sus hijos y aceptar que una vez han alcanzado la madurez comienzan una nueva vida, un nuevo laberinto.

Cuando una obra se termina lo importante es la semilla de la siguiente y es ese camino de pensar, hacer y crear donde palpita la medula de aquello que, a falta de un término mejor, llamamos arte.

 

El Silencio

Hace ya seis años del Silencio de la luz, la primera exposición de Robert Ferrer en Espacio Valverde. Conocer a Robert en profundidad me llenó de asombro y un leve asomo de terror; todo lo tenía medido, pensado, previsto, desde la ubicación de las obras en el espacio, las herramientas necesarias, las cartelas cortadas a láser… Todo estaba hecho a mano por Robert pero el acabado era tan pavorosamente impecable que uno era incapaz de encontrar un defecto, una bolita de pegamento, un nudo mal atado, el resultado era sencillamente perfecto. (Más tarde Robert me contó que pertenecía a una estirpe de gente ultra-meticulosa, una familia de ópticos, orfebres y cirujanos de la materia que durante mucho tiempo le consideraron el chapuzas de la familia, el desviado, el artista.)

En cierto sentido Robert Ferrer estuvo tan pendiente de todo durante el montaje de El Silencio de la luz que me hizo sentir superfluo. Y, sin embargo, una vez colgada la exposición dentro de la galería comenzamos a armar una instalación que recorría todo el edificio y que requería de grandes artilugios suspendidos del balcón del vecino junto con millones de pequeñas partículas, del tamaño de un posavasos, que flotaban con miles de hilos invisibles a lo largo del paso de carruajes y el patio de Valverde.

Fueron tres días de escaleras, resolución de problemas y muchos, muchos nudos y yo pensé que en aquel momento estaba viviendo algo especial, algo que solamente yo tenía el privilegio de recibir; estaba participando del proceso de materialización de una gran obra.

Soy consciente de que lo que vivía era el último paso de una larga secuencia, (ideación, maquetas, preparación de materiales, etc., etc.) pero esos tres días, codo con codo con Robert, atando y desatando nudos, me ayudaron a vivir la exposición de otra manera, me hicieron vislumbrar el proceso.

 

El Proceso

Vislumbrar el proceso de una gran obra es lo que Robert Ferrer tan generosamente nos brinda en esta exposición: mostrando los planos, las maquetas e instantáneas de distintos momentos en los que se puede apreciar como los aluminios se van desplegando hasta alcanzar su equilibrio y potencia poética.

Una de las particularidades de Robert Ferrer es la importancia que le da al trabajo manual. Esa frescura tan singular que tiene su obra dentro de una tradición tan analítica como la geometría está directamente relacionada con el pensamiento de la mano, con esa férrea voluntad de manufacturar él mismo todas y cada una de sus obras.

Por eso invito a todo aquel que tenga la fortuna de estar disfrutando de esta exposición a contemplar todas y cada una de sus partes no solamente como las fases abstractas de un proyecto sino como el desenvolvimiento manual de alguien que dobla, apunta, corrige, compara, sujeta, pega y manipula el espacio.

Nuestra mente cada vez más informatizada olvida aquellos ámbitos en los que el resultado no es la mera ejecución de un plan. Al igual que un ser vivo es algo más que el desarrollo matemático de sus genes, en el arte es muy importante todo lo que ocurre en medio.

Es ese lugar misterioso que hay entre la intuición y la manipulación, entre el plan y el resultado donde nacen y se despliegan nuevos mundos, es ahí donde radica la diferencia entre técnica (τέχνη) y tecnología.

Robert trabaja siempre mediante el desarrollo de familias en las que una nueva idea aparece, permuta, se multiplica, se desarrolla y da lugar al nacimiento de una nueva familia. Todo esto ocurre con un tempo muy particular, con sus variaciones, escalas y leitmotivs.

Tras un recorrido multidimensional sobre las diferentes procesos creativos concluimos el recorrido con la obra, la única obra sobre la que órbita esta exposición en concreto. Contemplándola, uno se imagina que alguien ha abierto un espacio en la pared para mostrar aquello que estaba oculto. Junto a las aberturas espaciales y cromáticas, unas finas líneas de aluminio oscilan en equilibrio inestable con la lentitud e intensidad de una perpetua búsqueda de significado.

La geometría, al igual que la música, cifra a mí entender un gran misterio que pone en juego matemática, percepción, sentimiento e intelecto; quizá por eso Schopenhauer argumenta que si lográramos resolver el enigma de la música, resolveríamos el enigma del universo.

Comprender por qué la ligera inclinación de un cuadrado sobre otro puede hacernos vibrar está más allá de nuestro alcance y quizá es mejor que así sea. Las manos de Robert como las de un pianista, saben, exploran y comparten un universo en el que podemos, temporalmente y en silencio, repensarlo todo de nuevo.

Un cordial saludo desde Madrid.

(Agradecemos a Jacobo Fitz James Stuart la autorización para reproducir el presente texto)


 


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