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Entrega número 48
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Hernández Pijuan - Sempere. Signo y Línea en el Paisaje

Hernández Pijuan - Sempere. Signo y Línea en el Paisaje


Hernandez Pijuan-Sempere. Signo y linea en el paisaje. coleccion ars citerior

Hernández Pijuan - Sempere. Signo y Línea en el Paisaje

 

“Pintar la naturaleza no es copiar un objeto,
 es la realización de una sensación”
Paul Cézanne

 

Para Joan Hernández Pijuan y Eusebio Sempere, el paisaje siempre estuvo fuertemente unido a su trayectoria artística. Durante sus primeras etapas figurativas, el pintor barcelonés realizó obras como Paisatge d´Horta de 1950; el de Onil paisajes de palmeras y en 1949 la acuarela Paisaje, con claras influencias de Paul Klee.

En la década de los sesenta, ya dentro de la abstracción lírica, Sempere profundiza en el tema del paisaje, castellano principalmente. También hizo referencia a las tierras aragonesas, como consecuencia de sus visitas veraniegas a la población turolense de Mosqueruela, lugar de origen de Abel Martín, pintor, amigo y serigrafísta de la obra gráfica de Sempere. Paisaje Aragonés, de 1964, sería un ejemplo. Solo en 1962  llegó a realizar más de veinte paisajes. Tres años más tarde pintó Paisaje lluvioso, Paisaje de junio y Campo de mimbre[1], donde podemos apreciar la bella gama cromática utilizada, esos verdes de los que habló el pintor Fernando Zóbel:”Sempere consigue unos verdes saturados, húmedos, que no tienen precedente en toda la historia de la pintura[2]. Es la época de sus viajes a la ciudad de la Casas Colgadas, de los preparativos para la inauguración del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca[3], y de la adquisición de una casa en la parte alta de la ciudad natal de su buen amigo Gustavo Torner. También en 1965 ingresó en la galería Juana Mordó, y para ella realizó su primera carpeta de serigrafías: Las cuatro estaciones, estampada por Abel Martín, quien llegó a realizar para el pintor cinético más de doscientas serigrafías durante toda su trayectoria artística. La carpeta, editada por Mordó, estaba acompañada por textos de Pedro Laín Entralgo[4].

A partir de 1966 comenzó una larga etapa en la que la geometría toma posesión de la obra, en detrimento de aspectos más líricos y poéticos, aunque con paréntesis como el de 1969 con la carpeta Cuando estuvo en Cuenca D. Luis de Góngora, donde podemos apreciar los colores del paisaje conquense.

En los años setenta realizó una decena de obras de carácter paisajista, todas ellas sobre tabla, en las que predomina el formato cuadrado, dividido ópticamente en cuatro cuadrantes delimitados por las rayas finas del gouache; son composiciones con líneas de horizontes claros, colores terrosos y cálidos en la parte inferior, y claros en la superior, en las que en ocasiones aparecen formas que recuerdan el Sol, la Luna o el Arco Iris, un buen ejemplo son Paisaje amarillo (1976); Horizontes y El día, la noche, la tierra (1978); y El día y la noche (1979).  También vemos las líneas del horizonte en composiciones monocromas, como en Espacio Ocre de 1977, donde nos sugiere un paisaje más geometrizado. En diciembre de ese mismo año termina la carpeta de serigrafías La Alhambra. Durante su estancia por unos días en el Carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta de Granada, pensó cómo iba a ser la edición, y una mañana le comunicó a su director: “Ya sé que voy pintar: La Alhambra por dentro y por fuera[5]. De las nueve serigrafías que confroman la carpeta,  cuatro están inspiradas en los entrecruzados múltiples de la ornamentación árabe de lacería, las cinco restantes son interpretaciones de paisajes, son campos de la Vega y jardines y fuentes del Generalife. El título de las mismas son esclarecedores: Estanque, Generalife, La Vega, Sierra Nevada y Nocturno.

Un año más tarde realizó otra carpeta con referencias al paisaje: Homenaje a Gabriel Miró[6], de la que presentamos en esta exposición De los valles y mesetas del horizonte montañoso. También en los gouaches de carácter místico inspirados en los escritos de Juan de la Cruz, como en la tabla Y no queráis tocar nuestros umbrales de 1979, está presente el paisaje, en este caso más luminoso, más atmosférico y espiritual.

Hernández Pijuan, tras dejar atrás una etapa de investigación pictórica basada en la relación espacio-objeto, en la que convirtió en imagen elementos como el huevo, las tijeras, la regla o la cinta métrica, llegó al paisaje a principios de los setenta. Realizó la serie Acotacions, obras monocromas de sutiles gradaciones verdes, paisajes de la población de Folquer[7] que el autor interiorizó y plasmó sobre la tela de manera minuciosa, con pinceladas cortas y sucesivas, llegando a provocar la sensación de la insignificancia que tiene del hombre ante la naturaleza. En alguna de las composiciones pintó en su centro una centenaria encina, la que podía ver desde su estudio a través de la pequeña ventana que daba a la Sierra de Comiols[8]. En 1976 estampó Proyectos para un paisaje[9] y diez aguafuertes y aguatintas para La Polígrafa, donde el color es capaz de crear  una atmósfera cálida y profunda, al igual que en el aguafuerte y aguatinta Doble paisatge de 1977[10].

En el verano de 1980, en su estudio de la Casa Gran de Folquer, realizó dos pequeños óleos preparatorios para el gran formato Tríptic de Montargull, a los que tituló Colors per tríptic de Montargull (1) y (2), piezas que hacen clara referencia al paisaje de la pequeña localidad leridana del mismo nombre. Paisajes de pinceladas de óleo de color amarillo-ocre, como los campos de cereales presentes en esta comarca de la Noguera, que nos hipnotizan hasta hacer difícil apartar la mirada.

Durante los años 1981 y 1982 desarrolló una serie donde la verdadera preocupación del autor fue la disposición del color sobre el soporte. Estas composiciones, realizadas con un gesto contenido, las englobamos bajo el nombre de Bougainvilleas. Son años donde la familia Hernández-Maluquer pasó parte de los meses estivales en la población mallorquina de Son Servera[11]. Los azules y violetas típicos de esta planta están en íntima relación con la paleta del pintor.

En los años que transcurrieron de 1980 a 1983, Sempere pintó otras dos series de Las cuatro estaciones, la primera entre 1980 y 1981 sobre tabla y raya fina de gouache. La segunda hacia 1982-1983,  última obra que realizó en su vida sobre cartulina Canson, de raya ancha, con los colores característicos que las diferentes temporadas dan a los campos y al cielo. Las líneas horizontales, con sus formas rítmicas unidas a los cambios cromáticos, nos hacen intuir el horizonte; y la sucesión zigzagueante de las líneas nos insinúa los campos cubiertos de trigo en verano. Los colores van desde el blanco-gris del firmamento en invierno, al verde húmedo de la primavera[12].

Si para Sempere los primeros años de la década de los ochenta son el fin de su carrera debido a su enfermedad y fallecimiento en 1985, para Hernández Pijuan es el arranque de una nueva etapa, tal vez la más conocida por el gran público. El pintor de Folquer en los veranos de principios de los ochenta desplazó su estudio a una de las plantas inferiores de la Casa Gran, donde ya no le era posible observar el paisaje de manera directa. Desde este nuevo emplazamiento nos habló de la memoria de un paisaje sintetizado en signos. Las mallas, los caminos, la morera, el ciprés o las nubes serán sus referentes. Y el Iris de Pascua, que el pintor realizaba cada primavera, coincidiendo con la floración de este lirio en las laderas de los caminos durante los meses de abril y mayo, siendo la serie más íntima del pintor. En 1984 realizó la serigrafía para la carpeta homenaje a Fernando Zóbel, fallecido en junio de ese mismo año[13]. El signo utilizado fue una flor de un solo trazo. A la obra estampada la tituló En gris para Fernando.

Con la llegada de los noventa, el pintor silencioso y de silencios trabajó sobre grandes superficies y sin apenas elementos iconográficos. A partir de una masa central de óleo y esmaltes industriales, el autor esparcía la materia y la modulaba sobre la tela, dejando zonas muy densas en el centro y otras sin apenas textura, en los bordes del lienzo. La luz y la oscuridad se disputan el espacio ocupado y el vacío. Toda esta superficie es surcada por líneas que se entrecruzan a modo de malla metálica o de caminos encontrados. La memoria del paisaje dominó en su producción hasta el final de sus días, siendo imposible desligarla de las comarcas de la Noguera y la Segarra. “Diría que un paisaje debe comportar  ya una forma de ser y por tanto una manera de vivir”[14], declaró a mediados de esta década. Hernández Pijuan supo transmitirnos como nadie su memoria del paisaje, de tal modo que muchos de sus estudiosos han descubierto el suyo propio después de haber conocido su obra. “No conocía esas tierras y viniendo, pasada Cervera, es como si me encontrase dentro de tus cuadros[15], con estas palabras transmitió Remo Guidieri la sensación experimentada en su viaje a la Segarra.

En 2005, año de su fallecimiento, pintó obras que denominó Acotacions, como una mirada  atrás, volviendo a los títulos de los setenta. En sus  últimos óleos utilizó el color blanco como fondo, y sobre éste extendió una mancha negra, rotunda y dramática, como presagio de un final próximo. En una de sus últimas reflexiones escribió: “podría decir también que se trata de convertir el paisaje en algo que uno mira“[16].

Javier Martín



[1] Pertenecientes los tres a la Fundación Juan March.

[2] Cuadernos Guadalimar, nº 1, Madrid, 1977, p.70.

[3] Inaugurado el 1 de julio de 1966.

[4] La edición es de 50 ejemplares sobre cartulina Canson de color negro de 59 x 44 cm. La galerista Juana Mordó se comprometió a pagar los estuches de las carpetas. Pero al enterarse del precio, se negó y Sempere tuvo que correr con el coste de las tintas, las cartulinas Canson y finalmente los estuches, con lo que no le quedó dinero para pagar el trabajo de estampación a Abel Martín. El título de la carpeta viene dado por el recuerdo de la obra homónima del compositor Antonio Vivaldi.

[5] Conversación con Miguel Rodríguez-Acosta, el 27 de enero de 2006, en la Fundación Rodríguez- Acosta, Granada. Carpeta de nueve serigrafías con una tirada de 110 ejemplares, con nueve fragmentos de casidas arábigoandaluzas. Estampadas por Abel Martín, la edición corrió a cargo de la Fundación Miguel Rodríguez-Acosta. Según el autor era la mejor carpeta que había realizado hasta ese momento. Diseño y encuadernación a cargo de Jaume y Jordi Blassi. En la edición colaboró la Fundación Juan March.

[6] Carpeta compuesta de ocho serigrafías, texto de Gabriel Miró y poema de Gerardo Diego, con una tirada de 99 ejemplares. Editada por la Galería Italia de Alicante. Sus títulos: De los valles y mesetas del horizonte montañoso, Casa grande y blanca, Crecieron llamas nuevas y libres, Ya tenían los almendros hoja nueva, El ciprés más recto y sensitivo, Allí el paisaje es muy quebrado, Aparece un árbol y Quedó la noche desolada.

[7] Folquer es una población al norte del término municipal de Artesa del Segre, en la comarca de la Noguera (Lleida).

[8] Espai 1:80 y Espai verd amb un arbre, ambos de 1974, son dos buenas representaciones de estos años.

[9] Litografías editadas por el Grupo 15 de Madrid.

[10] Estampada por Pere Puiggros en Taller 74 de Barcelona.

[11] Bougainvillea, Recorreguts o Bougainvillea a Son Servera, se encuentran entre los lienzos de gran formato más destacables de esta época.

[12] Estos últimos gouaches sirven para la edición póstuma de la obra grafica Las cuatro estaciones, editada por Abel Martín en 1988. Edición de 175 ejemplares en números árabes y 175 en números romanos, acompañados de cuatro serigrafías con la partitura de la obra homónima de Vivaldi. La estampación se realiza en Serigrafía Ibero-Suiza de Valencia, bajo la supervisión de Abel Martín. Realizadas sobre papel acuarela de 65 x 49 cm. La carpeta incluye un texto de Vicente Aguilera Cerni.

[13] Carpeta compuesta por ocho serigrafías de los autores Guerrero, Hernández Pijuan, Laffón, Lorenzo, Mompó, Rueda, Sempere y Torner. Editada por la Fundación Juan March. Tirada de 250 ejemplares.

[14] Conferencia de Hernández Pijuan en Les Pallargues, Segarra, 1994.

[15] Texto elaborado a partir de unas palabras pronunciadas en Les Pallargues, en La Segarra, con motivo de unas jornadas sobre arte durante el otoño de 1994.

[16] Joan Hernández Pijuan: “El Paisaje que uno mira”, Folquer, 2005.

 

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