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Entrega número 48
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Águeda de la PISA: Cuando contemplo el cielo

Águeda de la PISA: Cuando contemplo el cielo

Museo Salvador Victoria, Rubielos de Mora. Inauguración 24 de octubre de 2015, a las 20h.

Mesa redonda formada por: Manuel Romero, Carmen Román, Javier Martín y Diego Arribas.


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aqueda de la pisa. movientos celestes

Movimientos celestes. 2015
Acrílico / papel / lienzo
88 x 87 cms.


ÁGUEDA DE LA PISA y las rayas de su aurora

Wassily Kandinsky, Piet Mondrian, Kazimir Malévich, egregios nombres de la pintura de la vanguardia europea, así como Arshile Gorky, Jackson Pollock, Mark Rothko y Frank Stella, cumbres de la pintura americana, son sólo unos artistas sin cuyo conocimiento no entenderíamos nada del arte que actualmente se realiza en el mundo. Pero de inmediato hemos de citar también al astro rey que conmocionó los principios teóricos que el arte que reconocemos como contemporáneo venía mostrando. Me estoy refiriendo al mítico Marcel Duchamp y su “invención” del ready-made, de cuyas consecuencias aún se nutre el arte de nuestros días.

Mucho de lo que estos artistas manifestaron en sus obras, obligándonos a mirar y ver el mundo de otra manera, fluye con toda naturalidad por los pinceles y las obras de la artista ÁGUEDA DE LA PISA, lo que le ha permitido, en su ya larga carrera, construir un lenguaje personal reconocible, de una gran fuerza expresiva, por el que sobrevuela siempre el alma sonora de aquello que quiere transmitirnos.

Del seguimiento que durante largos años vengo haciendo de sus trabajos, he podido comprobar cómo en ÁGUEDA DE LA PISA ha habido una evolución altamente interesante. No se trata de ninguna traumática ruptura de su lenguaje sino más bien de una adaptación de la mirada para atrapar nuevas formas, poniéndonos ante una simplificada geometría, siempre en línea cargada de una constructiva energía ante la que nos detiene reclamando toda nuestra atención. Lejos estamos pues de aquellas obras en las que aparecían grandes masas de incisiva policromía que la artista realizaba a finales de la década de los años ochenta, que tuve la oportunidad de presentar en la III Bienal Internacional de El Cairo y que merecieron por parte del Jurado de la misma el más alto reconocimiento de la Bienal.

La verdad es que, sobre todo en los grandes formatos, las construcciones que ÁGUEDA DE LA PISA viene realizando estos últimos años, en líneas rectas que suelen centrar sus pinturas, muchas veces trasladan mi pensamiento a las obras de Frank Stella, del que la diferencia sin duda no tanto el sentido formal sino lo que en el fondo cada uno de ellos quiere decirnos, puesto que Stella es un pintor absolutamente analítico que llegó a afirmar: “Mi pintura se basa en el hecho de que sólo existe verdaderamente lo que se puede ver” (1); en tanto que en ÁGUEDA DE LA PISA una palpitante energía brilla siempre a través de la fuerza del color con la que subrepticiamente trata de acercarnos al reino de la belleza. Pero en el fondo encuentro entre ambos artistas un parentesco lejano, invisible, o más bien exista entre ellos un tratado global de sensaciones.                                                

Por otro lado, en la itinerancia internacional a la que me obliga mi trabajo he podido comprobar cómo la obra de ÁGUEDA DE LA PISA está en condiciones de dialogar perfectamente en los más diferentes foros internacionales, Ferias y Bienales que hoy se realizan en el mundo, y de hecho son numerosas las veces que sus trabajos se han expuesto en La Habana, Roma, Sao Paulo, Beirut, México, Viena, Winterthur (Suiza), París, etc., etc. Pienso que no es aventurado decir que en las obras que vemos en esta exposición late también implícitamente una filosofía que alcanza a todos los miembros de su generación. Una generación que, por cierto, el raquitismo de las instituciones españolas ha dejado en la sombra.

ÁGUEDA DE LA PISA, con su capacidad didáctica, sabe muy bien que cuando está iniciando una obra a lo que se está enfrentando es en realidad a una nueva aventura, introduciéndose en un mundo desconocido y oscuro, un mundo al que sólo son llamados los elegidos; es decir, aquellos que están dispuestos a tomar todo tipo de riesgos, cuya máxima expresión fue sin duda Marcel Duchamp y su delirante expresión: “Arte es lo que el artista llama arte” (2). Y un artista muy admirado y querido por ÁGUEDA DE LA PISA ha llegado a afirmarnos que “el arte no existe” (3), para decirnos de inmediato que en realidad a lo que llamamos arte es esa propiedad inefable que tienen algunos objetos, coincidiendo plenamente con María Zambrano, la ilustre discípula de Ortega.

También E. H. Gombrich, que ha estudiado profundamente la función de las metáforas en el terreno del arte, viene a decirnos cómo son las articulaciones creativas (y en esto Águeda de la Pisa es maestra) las que vienen a revelarnos la fuerza del espíritu en aquello que reconocemos como arte, convencido como estaba de que: “El arte y la belleza civilizan y elevan” (4) al ser humano. No es otra la función que la capacidad creadora de ÁGUEDA DE LA PISA viene logrando con sus pinturas.

Conocemos también cómo la máxima expresividad de los trabajos de la artista nos viene dada por el color, y muchos recordamos y hemos gozado de aquella multiplicidad de azules que poblaron sus lienzos y también sus obras sobre papel en la década de los noventa. Del profundo añil hasta las azuladas olas del mar, desde sus prístinos brillos hasta sus transparencias, DE LA PISA construyó un mundo de una riqueza cromática que la hacían altamente reconocible.

En las obras que hoy presentamos ÁGUEDA DE LA PISA parece utilizar un uso moderado de las ilusiones ópticas, logrando un inusitado esplendor, un refinado equilibrio entre los colores del fondo de sus lienzos y el exquisito peso de las rectas formas que como fractal geometría constituyen el núcleo central de estas pinturas. Vienen a mi memoria mis conversaciones con el inolvidable Fernando Zóbel, que me dio a conocer al artista medieval chino Tsung Ping, que afirmaba en sus escritos: “Mientras pinto veo surgir lejanas y brillantes, contenidas en un cuadradito de seda, las montañas... Una raya de tres centímetros vale por ocho mil metros, tres palmos de horizontal son cien kilómetros. Da lo mismo que el cuadro sea grande o pequeño, lo importante es que sea bueno” (5).

Vergel de atemperados colores, escenario de nuevos conocimientos, luces de brillantes y sigilosas vibraciones, eco de recios paisajes olvidados, oscuro espejo de sueños, la inmensidad distante e inmediata y cierta energía como fuerza y forma de transformación son pilares que sustentan las imágenes de estas obras, en donde la fuerza pictórica, su plasticidad y su vitalidad nos confirman la maestría, el rigor y el grado de exigencia con que ÁGUEDA DE LA PISA construye ese microcosmos que son sus pinturas, aposento de una mirada que sostiene el mundo.

 

                                                                       Manuel Romero.

 

NOTAS

1- Bruce Glaser: “Question to Stella and Judd”. Ed. Lucy Lippard, Art New, vol. 65. 1966, pág. 58.

2- Fernando Zóbel: “Cuaderno de apuntes”. Ed. Gráficas del Sur. Sevilla, 1974, pág. 14.

3- Gustavo Torner: “El arte víctima de sus teorías y de su historia”. Ed. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid, 1993, pág. 12.

4- E. H. Gombrich: “Tributos: versión cultural de nuestras tradiciones”. Ed. Fondo de Cultura Económica. México, 1991, pág. 75.

5- Fernando Zóbel: o.c., pág. 59.

Agradecemos a Manuel Romero la autorización para reproducir el presente texto.

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