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Entrega número 48
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Recorrer el mismo camino

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Recorrer el mismo camino

 

Llegada la primavera y tras diez años de ausencia, quiso volver a su casa con la intención de ver cómo habían transcurridos las cosas sin él. Tuvo que irse antes de lo deseado, su despedida fue dolorosa pero prevista. Partió un 28 de diciembre, con la tranquilidad que aporta dejar las cosas en orden. Su trabajo de más de cuarenta años había dado los frutos deseados, no sin pensar que hubiese podido continuar con su labor al menos diez años más, teniendo a su favor el apoyo de todos aquellos que le conocían y que reconocían que había sabido dar un sello personal a toda su trayectoria.

Su primer impulso fue volver a la ciudad, a su casa, de techos altos y blancas paredes repleta de recuerdos, y a su mesa, donde trabajaba sin descanso en sus papeles. También se le pasó por la mente ir a ver las moradas buganvillas de las que tanto había disfrutado en las estancias estivales junto al Mediterráneo, pero ninguna de las dos opciones le atrajo lo suficiente. Buscaba algo más, ir a un lugar que aglutinase todas las sensaciones vividas. De este modo, como si una brújula interior le marcase la ruta, se fue dirigiendo hacia el campo abierto, el camino era largo pero no tenía duda de cuál era el destino. La noche le sorprendió andando, pero siguió en su empeño sin descanso; sin vislumbrar el entorno que le rodeaba podía sentir ese paisaje ya conocido. No tenía la sensación del paso del tiempo ni de la distancia recorrida, pero llegó un momento en el que supo que se encontraba en el sitio deseado, al reconocer la entrada del camino, y pensó “he llegado al lugar, un paraje reconocible y que siempre he llevado conmigo”. Aunque habían cambiado algunas edificaciones, como un gran pajar de nueva construcción, el resto permanecía inalterable. La luz de la luna daba la suficiente claridad para reconocer esa gran casa donde había pasado los mejores momentos de su vida rodeado de su esposa y de sus hijos, y todos formando parte de este paisaje amable que dejaba respirar, con sus montañas lo suficientemente alejadas para que el ojo pudiera ver a diario los campos de trigo y las encinas que poblaban el lugar.

Entró en la casa sin dificultad, sin hacer ruido para no sobresaltar a los que dormían, pues en su afán de llegar, no había tomado la precaución de anunciar su visita. Subió las escaleras hasta la primera planta y entró en la habitación donde tantas horas había pasado, año tras año, durante las vacaciones de verano y de Semana Santa. Allí encontró su trabajo detenido en el tiempo, sus papeles y sus botes de gouache de color negro, granate, amarillo y azul con el que pintaba los lirios de primavera. Se sentó en su mecedora, dispuso un papel en el suelo, sacó del estuche de bambú su pincel japonés y, doblando su cuerpo, se inclinó hacia el papel escogido, un papel Corea, y comenzó a pintar un hermoso Iris de Pascua.

 

A Joan Hernández Pijuan in memorian

Javier Martín

 

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